La puta de mi propio hijo
marido perdió el interés por mí. Y no es porque sea fea o mi cuerpo no sea atractivo, al
contrario, pero mi marido sospecho que prefiere chicas jovencitas, estoy segura, hay
secretarias muy monas y jóvenes en su empresa. Me considero bastante atractiva para mi
edad, soy rubia, alta, tengo piernas largas, y aunque mis caderas empiezan a estar un poco
anchas, mis pechos son bastante grandes, aunque ya no tan firmes como los de una
jovencita. Me gusta vestir elegante, con clase, y reconozco que los hombres me siguen
mirando interesados.
Pero me aburro, mi marido ya solo me hace el amor de vez en cuando y de manera muy
mecánica y rutinaria, y yo necesitaba algo, un cambio, nuevas experiencias. Por eso
acepté con gusto, aunque con reparos, lo que me pasó una noche.
Tenemos un hijo adolescente. Es muy guapo, un poco más bajo que yo, y hace mucho
deporte, así que su cuerpo está muy bien formado, tiene la piel suave y con muy poco
pelo. Yo nunca me había fijado en el de otra manera más que para admirarlo como hijo
mío, por supuesto, pero qué poco sospechaba que él a mí si me miraba de manera diferente
a como un hijo casto miraría a su madre. Después me contaría muchas cosas que relataré
en su momento.
Todo empezó una noche. Mi marido no estaba en casa, había salido de la ciudad para
una reunión importante y pasaría la noche fuera. Vi la tele con mi hijo, sentados en el
sofá, sin ser consciente de cómo miraba de reojo mi cuerpo. Yo llevaba solo un camisón,
pues me pensaba ir a la cama en breve, y como digo, no era consciente de cómo mi hijo
miraba de reojo mis piernas, mi escote. Dicen que una madre se da cuenta de estas cosas,
pero yo era totalmente ignorante de los sentimientos de mi hijo hacia mí. Le di dos besos
como siempre y me fui a acostar. Debería haberme dado cuenta del tremendo bulto que
asomaba bajo su pantalón, pero no lo hice.
Me desperté de golpe. La habitación estaba oscura, no sabía qué hora era, pero algo me
había despertado. Entonces noté una presencia en la habitación y una mano acariciándome
el culo. Hacía calor y no me había tapado con las sábanas y mi camisón se había subido
mostrando mi culo y mis bragas metidas un poco dentro de la raja. Me quedé inmóvil,
casi sin respirar, era mi hijo, mi propio hijo estaba acariciándome el culo, no me lo podía
creer. Reaccioné y me di la vuelta escandalizada, dispuesta a gritarle, y le vi de rodillas
en la cama, junto a mí, completamente desnudo y con su polla en la mano. No sé qué me
pasó, no le grité ni le dije nada, me quedé contemplando su cuerpo con una mezcla de
sensaciones. Él se tumbó junto a mí y acercó su cara a la mía. Su mano empezó a acariciar
mis pechos. "No, hijo, por favor, no hagas esto", le dije angustiada. "Te deseo, mamá".
"Vete ahora mismo y olvidaré lo que ha pasado, haremos como si no hubiera pasado
nada". Pero mi voz no sonaba tan autoritaria como debería y él lo notó y se aprovechó de
eso. Cogió mi mano y la apoyó en su polla. "Esto no está bien, hijo mío, soy tu madre",
casi le supliqué, aquello era horrible, no podíamos hacer eso, pero inconcebiblemente
mantuve la mano sobre su polla. Era muy grande, suave y estaba caliente. Se arrimó y sus
labios rozaron los míos. "Hace mucho que me masturbo pensando en ti", y su lengua
empezó a lamer mis labios; sin saber lo que hacía abrí la boca para dejar pasar su lengua
y me besó con lujuria. Sus manos tocaban todo mi cuerpo, mis pechos, mi raja. Mi mano
seguía apretando su polla, dura y tiesa y enorme. "Chúpamela", me susurró, "sé que lo
estás deseando". Le dije que no podía hacer eso, que esto estaba yendo demasiado lejos,
pero él insistía, y yo cada vez tenía menos fuerzas para resistirme. Aquella situación
superaba cualquier fantasía que hubiera tenido en los últimos tiempos. Mi cabeza era un
caos de sensaciones y sentimientos: por un lado era mi propio hijo quien estaba desnudo
en mi cama, acariciando mi cuerpo, era incesto, era un pecado, pero por otro lado su
cuerpo era maravilloso y yo estaba muy excitada. Sin pensarlo más me dejé guiar por sus
manos y apoyé mi boca en su miembro, la abrí, y empecé a chuparlo.
Mi hijo estaba excitadísimo, y me contó cómo me deseaba desde hacía mucho tiempo,
cómo me miraba de reojo el cuerpo en casa a todas horas, cómo se encerraba en su
habitación o en el baño para masturbarse pensando en mí, cómo me espiaba a escondidas
para verme desnuda cuando me cambiaba de ropa o me duchaba, cómo me había cogido
ropa interior que guardaba en su habitación para masturbarse con ella, medias y bragas.
Me decía todo esto cada vez más excitado, y a mí empezó a excitarme también y cuando
sus dedos se introdujeron en mi coño y me masturbaron dejó de importarme y
preocuparme todo, solo quería sentir placer. Me corrí en sus dedos, ahogando gemidos de
placer al tener su polla en mi boca. "¿Te gusta, puta?" me sorprendió mucho que me
llamara de esa manera, pero lo achaqué a la excitación. "¡Me voy a correr, me corro,
trágatelo todo, puta!". Y me soltó su leche, caliente, espesa, un río entero me llenó la
boca. Cuando pararon sus convulsiones me limpié un poco la boca y me tumbé a su lado.
"Tienes una boca increíble, mamá". "Lo que hemos hecho hoy no podemos repetirlo
nunca más, será nuestro pequeño secreto, y haremos como si no hubiera pasado nada, ¿de
acuerdo cariño?" "Reconoce que te ha gustado mi polla" "Sí, pero…" "Te ha gustado mi
leche, ¿verdad, puta?". "¡No puedes llamarme así, soy tu madre!" "A partir de ahora serás
algo más que mi madre", y se levantó para irse. "Te espero mañana por la noche en mi
habitación", y se fue.
Me quedé toda la noche despierta, dándole vueltas a lo que había pasado, llena de
sentimientos contrapuestos de culpa y satisfacción; además siempre había considerado a
mi hijo dulce y amable, pero ahora me daba cuenta que con una mujer era dominante y
duro; claro, que hasta ahora nunca había pensado en mi hijo follando con una mujer; me
había presentado a alguna novia suya, pero no había pensado en cómo follaría. Su rudeza
me excitó.
Al día siguiente nos comportamos normalmente, él se fue pronto y nos vimos poco.
Vino mi marido. Por la noche nos acostamos como siempre. Estaba muy angustiada, no
sabía qué hacer. Cuando oí que mi marido dormía, no resistí más, me levanté sin hacer
ruido y fui a la habitación de mi hijo. Entré, cerré la puerta y me metí en su cama. "Sabía
que vendrías, mamá, como una puta en busca de rabo". Nos abrazamos y nos besamos,
mientras sus manos tocaban con avidez todo mi cuerpo. Me metió los dedos en el coño
para mojármelo y preparármelo, se agachó y continuó con su lengua. Lo hacía de
maravilla, me pregunté dónde habría aprendido a satisfacer a una mujer de esa manera,
siendo tan joven. Cuando decidió que era suficiente, se tumbó encima de mí y de un solo
golpe me la clavó. Ahogué un grito de placer, y me dejé follar por mi hijo. Me folló con
fuerza, casi con violencia, como hacía años que nadie me follaba. La cama crujía, y me
asusté de que el ruido y nuestros jadeos pudieran despertar a su padre, pero ya nada podía
detenerme, estaba fuera de mí, loca de excitación, oyendo cómo mi hijo me llamaba puta
y me preguntaba si me gustaba, y que se lo dijera, y que le dijera que me follara, alto, más
alto. Al final, entre jadeos incontrolados y convulsiones se corrió dentro de mí, llenando
mi coño con su semen. Era el mejor polvo que me habían echado en años. Se tumbó a mi
lado sudando y jadeando, me apretó con fuerza un pecho y me dijo: "A partir de ahora
vas a ser mi puta, ¿me oyes?" "Sí…sí…", yo estaba demasiado satisfecha y excitada para
negarme a lo que él quería. "A partir de hoy vas a estar en casa siempre sin ropa interior
para que pueda meterte mano y follarte siempre que quiera. Y papá no sabrá nunca nada
de esto, serás su mujer y mi puta." Yo asentía, loca de excitación, sin darme cuenta ni
pensar en las consecuencias de esta situación. "Tengo muchos planes para ti, ¿sabes?
Tengo amigos que están deseando follarte" "¿Qué? ¿Tus amigos?", pregunté
escandalizada. "Sí, los voy a traer a casa para que te follen. Y ya hablaremos de la tía, sé
lo que hacías con ella y estoy deseando follaros a las dos juntas". Dios mío, ese era mi
gran secreto, y lo sabía, sabía que en un par de ocasiones me había tocado y acariciado
con su tía, nos debió ver a escondidas alguna de esas veces. Vio mi cara de horror ante
todo lo que me decía, y eso le excitó más si cabe, se arrimó y me besó en la boca.
Al final me levanté para volver a mi habitación; él se levantó y se acercó; me agarró el
culo con fuerza y me susurró: "Recuerda, ahora eres mi puta".
Volví a mi habitación, a mi cama, donde mi marido seguía durmiendo y me acosté
Capítulo 2
Desde el día en que me metí en la cama de mi hijo y me folló salvajemente, todo
cambió. Me dejó claro que había decidido convertirme en su puta particular, y yo me
sentía tan subyugada por él que no pude negarme, accedí a todos sus caprichos. Dejé de
llevar ropa interior en casa. Y vestía con faldas muy cortas, camisas un poco abiertas o
camisetas de tirantes, o batas que pudiera desabrochar rápido. Y él, desde aquel día,
disfrutaba metiéndome mano y follándome siempre que le apetecía. Andaba todo el día
excitadísima, imaginando y deseando sentir sus manos en mi cuerpo. Me paraba en el
pasillo y me pegaba a la pared, me abría la camisa y me sacaba las tetas, me las sobaba y
lamía, me metía la mano bajo la falda y me masturbaba el coño hasta que me corría,
dándome luego a chupar los dedos empapados de mis propios fluidos. Estaba empezando
a disfrutar comportándome como una puta. Aprovechaba cualquier ocasión para acercarse
por detrás, apretarme las tetas o levantarme la falda para sobarme o follarme. Y le excitaba
el riesgo, lo hacía estando su padre en casa, siempre con el miedo de que pudieras
descubrirnos. A mí me aterraba la situación, pero no podía resistirme a mi hijo, a su polla,
y al dominio total que ejercía sobre mí.
Como digo, cuando su padre estaba en casa lo hacía con disimulo, pero lo hacía. Una
tarde después de comer entré en la cocina para fregar los platos, dejando a mi marido en
el salón viendo la tele. Al poco entró mi hijo, cerró la puerta, me echó de bruces sobre la
mesa, me levantó la falda y me folló el coño. Su padre podría haber entrado en cualquier
momento y no quiero ni pensar lo que habría podido pasar, pero ninguno de los dos podía
parar, la excitación y el morbo eran demasiado grandes.
Cuando mi marido no estaba en casa y nos encontrábamos los dos solos, ya no era
necesario disimular. Entonces, muchas veces me pedía que estuviera totalmente desnuda,
haciendo las cosas de la casa, mientras él veía la tele o cualquier otra cosa, y se deleitaba
con mi cuerpo desnudo. Yo le veía en el sofá, acariciándose su maravillosa polla mientras
yo caminaba descalza por la casa y hacía las tareas del hogar completamente desnuda,
esperando el momento en que a él le apeteciera acercarse para sobarme o follarme. Solo
cuando oíamos que llegaba su padre me dejaba ir a ponerme algo de ropa. Pero nunca
demasiado, lo justo para estar vestida, y por supuesto sin ropa interior. Mi marido no
sospechaba nada, si me notaba nerviosa nunca me dijo nada, y si se dio cuenta de que
vestía más provocativa de lo normal debió pensar que lo hacía por él, para intentar
atraerle.
Un día estaba en mi despacho trabajando, cuando se abrió la puerta y apareció mi hijo.
Me quedé helada. Él había ido varias veces a mi oficina, y los empleados le conocían y
les gustaba mucho, le veían como un chico muy simpático y divertido, y le hacían pasar
a mi despacho sin ningún problema, sabiendo que tendría algún problema del colegio que
consultarme, cosas de niños. Pero esa vez sabía que era diferente. Cerró la puerta y se
acercó a mí. Su mirada lo decía todo. En sus ojos había deseo y lujuria. Me levantó de la
silla y me apoyó en la mesa. Me besó y me acarició los pechos. Le dije que si se había
vuelto loco, que no podía hacer eso allí, que cualquier empleado podía entrar en cualquier
momento, y las consecuencias serían horribles. Me ordenó que me callara y para
demostrarme quién mandaba allí y para ponerme más nerviosa todavía, me desabrochó la
camisa y me sacó las tetas fuera del sujetador con violencia. Me dio la vuelta, me levantó
la falda y me bajó las bragas. Apoyé las manos en la mesa, angustiada como nunca lo
había estado en la vida, con una mezcla de terror y de lujuria, cuando su polla empezó a
introducirse en mi coño. Aguanté como pude sin gemir ni gritar, evitando todo ruido
sospechoso que pudiera oírse fuera y me dejé follar por mi hijo. Cuando terminó me dijo
que le diera las bragas y se limpió la polla con ellas, luego me dijo que me las pusiera,
pero que era la última vez que salía a la calle con ropa interior, a menos que él me diera
permiso. Salió del despacho sonriendo como si tal cosa, despidiéndose muy amable de
todos los empleados. Me arreglé la ropa rápidamente y me senté para tranquilizarme,
sintiendo las bragas mojadas de su semen. Había llegado a aceptar que me tratara como a
una puta en nuestra propia casa, pero ahora me daba cuenta que quería dominarme
totalmente en todos los aspectos de mi vida. Según pensaba esto me invadieron
escalofríos, y no supe distinguir si eran de pánico o de excitación.
Esa noche volví a ir a su habitación. Me desnudé al entrar y me metí en su cama. Me
besó, me acarició, me lamió. Lo hacía de maravilla. Y le pedí que me hiciera algo que
hacía muchísimo que no me hacían, pues a mi marido no le gusta. Él supo en seguida a
lo que me refería. –Quieres que te folle el culo, ¿verdad, mamá? Le dije que lo deseaba.
–Pues voy a darte ese placer, puta, ponte a cuatro patas. Me puse como me dijo, se colocó
de rodillas detrás de mí, me dio sus dedos a chupar y me los metió en el culo para
dilatármelo. Me metió con fuerza dos dedos y los movió dentro de mí. Ahogué un gemido
cuando los introdujo dentro de mí. No me lo podía creer, mi hijo me estaba hurgando el
culo y en unos momentos me lo iba a follar; aunque ya empezaba a acostumbrarme a que
fuera mi hijo el que me diera tanto placer. Sacó los dedos y me los metió en la boca. -
¡Chúpalos, puta, saborea tu propio culo! Se los lamí con placer. El se agachó y me metió
la lengua. Nunca me lo habían hecho, y fue increíble. Ya no pude controlarme más y
empecé a gemir y jadear. Me lamía por dentro, era una sensación fantástica, pero no duró
eternamente, me la sacó y me dio un azote muy fuerte en las nalgas; ahogué como pude
un grito. Luego me dio otro, y otro, y otro más. Estaba a punto de decirle que por favor
lo dejara ya, que me dolía mucho, cuando noté algo grande y duro en la entrada de mi
ano. Empezó a presionar y me puse muy nerviosa, tenía el culo bastante cerrado y sabía
que me iba a doler mucho. Su polla se fue introduciendo poco a poco. Me preguntó si me
dolía, le dije que sí, y entonces dio un golpe muy fuerte y me la metió entera. Di un grito
espantoso. El dolor había sido terrible. Le dije que parara, que lo dejara, que me dolía
mucho y que no quería seguir, pero era como si todo eso le excitara todavía más. Me
insultó, me llamó cosas horribles, y empezó a meter y sacar su polla, follándome de forma
salvaje. Mi grito me había asustado mucho, era probable que hubiera despertado a mi
marido, pero ya no podíamos parar, no me importaba nada, solo quería seguir sintiendo
esa polla rompiéndome el culo.
El dolor seguía siendo inmenso, pero ahora el placer se añadía a esa sensación, y yo
jadeaba y gemía sin control, mientras mi hijo me follaba y me llamaba puta, zorra, perra,
y mil cosas más. Volvió a azotarme el culo, con fuerza. –Te gusta, ¿eh, puta? ¿Te gusta
cómo te reviento el culo? Te gusta que te azoten, ¿eh, hija de puta? Papá no te folla así,
¿eh? Estaba como loca, le decía que siguiera, que me diera más, que me reventara, que su
padre no me follaba así, y que era su puta. Al final se corrió jadeando sin control,
llenándome el culo con su semen. Se levantó y cogió mi camisón, que había dejado en el
suelo al entrar, y se limpió con él; luego lo mojó en el semen que goteaba de mi culo, y
me dijo que me lo pusiera.
Si mi marido me preguntaba porqué estaba mojado, tendría que inventar algo. Antes de
irme, me dijo que como al día siguiente su padre se iba a otro de sus viajes de negocios,
quería que llamara a la tía, y que viniera a casa, que quería follarnos a las dos juntas. Le
dije que estaba loco, que no podía hacer eso, pero me dio una bofetada y me dijo que me
callara, que nos había visto tocándonos y besándonos, y que se había excitado muchísimo
viéndonos, y ahora nos quería a las dos en la misma cama. Lo que no podía reconocerle
tan rápido, era que la idea me excitaba, así que le prometí que la llamaría al día siguiente.
Capítulo 3
Al día siguiente fui a casa de la tía. Siempre la llamamos así, es la hermana de mi
marido y es sólo dos o tres años menor que yo. Ha tenido ya cuatro hijos, y eso se nota,
pero aún así, se conserva estupenda. Es alta, con grandes caderas y unos pechos
estupendos, bastante grandes, aunque ya no demasiado firmes; lleva el pelo muy corto y
moreno y siempre me ha resultado muy atractiva. Nos llevamos muy bien, y siempre nos
hemos juntado para ir de compras o a tomar café, e incluso hemos salido con más amigas
o las dos solas alguna noche a una discoteca. Una noche en su casa, está divorciada y sus
hijos viven fuera de casa, no sé cómo empezó, quizá fue el alcohol que habíamos tomado,
pero el caso es que empezamos a acariciarnos, las caricias llevaron a los besos, y
acabamos la dos desnudas en su cama. Al día siguiente ninguna de las dos se arrepintió
de lo que habíamos hecho, no era amor, sólo sexo, y decidimos repetirlo siempre que
quisiéramos o pudiéramos, sin ningún complejo.
En mi casa lo hemos hecho alguna vez, pero siempre segura de que no había nadie y
teníamos tiempo de sobra. Mi hijo me reveló que nos había visto acariciándonos y
besándonos, debió ser algún día que creí que estaba en su habitación y no nos vería. Pero
nos vio, nos espió, y ahora me había pedido, me había ordenado, que la convenciera para
acostarnos los tres juntos.
Me senté junto a la tía y le expliqué lo que estaba pasando entre nosotros dos; creí que
se escandalizaría, pero en su lugar noté cómo se excitaba por momentos, según la contaba
cómo mi hijo me follaba cuando le apetecía. Cuando le sugerí si le gustaría unirse a
nosotros y le dije que mi hijo lo había pedido, me dijo que hacía mucho que le atraía mi
hijo, pero que nunca había intentado nada con él por respeto a mí, así que accedió
encantada y excitadísima a hacer el trío.
Mi marido se fue al mediodía a su viaje de negocios, no volvería hasta el día siguiente.
Por la tarde mi hijo me dijo que me pusiera un vestido de tirantes exageradamente corto
que tengo y muy fino; mis pechos casi se salían fuera y la parte de abajo apenas tapaba
nada; por supuesto me prohibió llevar ropa interior, quería que recibiera así a la tía.
Cuando llegó abrí la puerta y me saludó con una sonrisa, diciéndome excitada que parecía
un putón; ella llevaba una camisa, falda y tacones. Pasamos al salón y allí la saludó mi
hijo. Se acercó y la besó en la boca con pasión mientras la sobaba el culo con una mano.
La tía le devolvió el beso encantada, como si lo hubieran hecho siempre. Se separó y nos
dijo que nos acercáramos, quería ver cómo nos acariciábamos; nos empezamos a acariciar
los pechos, sintiendo la excitación crecer poco a poco dentro de nosotras. Nos dijo que
nos besáramos. No tuvo que repetirlo, lo hicimos con gusto, acercando nuestras bocas y
sacando las lenguas para rozarlas. Mi hijo estaba excitadísimo, viendo cómo su propia
madre y su tía se magreaban y se besaban con lujuria delante de él. Nos dijo que éramos
unas putas, y mi tía le miró sonriendo sin dejar de besarme y sobarme. Mi hijo se acercó
sin poder contenerse más y se unió a nosotras, acariciando nuestros culos y uniendo su
lengua a la nuestra. Me sacó las tetas fuera del vestido y las apretó y sujetó para que la tía
las chupara, mientras me besaba en la boca y me preguntaba si lo disfrutaba. Yo estaba
como loca de placer, y acepté sin reparos que me llamara puta y zorra, e incluso que me
escupiera en las tetas y en la cara, para que su tía lo lamiera.
Estuvimos así un buen rato, hasta que estuvimos completamente desnudas. Entonces
nos llevó a la cama, a la mía, a la que compartía con su padre, y allí nos tumbamos y
seguimos acariciándonos mientras él se desnudaba. Se acercó a nosotras y le hizo a su tía
que se la chupara, luego me agarró del pelo y me unió a ella. Se la chupamos entre las
dos, uniendo nuestras lenguas a la vez. Entonces me dijo que quería ver cómo una puta
como yo le comía el coño a otra puta; le abrí las piernas a su tía y se lo chupé, arrancándola
gemidos, mientras mi hijo la follaba la boca. La agarraba de la cabeza y la sujetaba con
su polla totalmente dentro de la boca, hasta que la daban arcadas y parecía que se iba a
ahogar. Entonces la soltaba y mi tía babeaba y escupía saliva, lo repitió varias veces y yo
me asusté al ver cómo la tía se atragantaba y le daban náuseas, pero cuando la liberaba le
miraba sonriendo con lujuria; lo estaba disfrutando. Yo nunca había follado de una
manera tan violenta, y era mi propio hijo el que me lo estaba enseñando. Vio mi cara de
curiosidad: -Tú también quieres probar, ¿verdad perra? Y me metió la polla en la boca y
me hizo lo mismo que a su tía, mientras esta me comía el coño. Fue horrible y excitante
a la vez. Un par de veces creí que me ahogaba de verdad, me agitaba con violencia para
que me soltara, pero eso lo único que conseguía era excitarle todavía más, hasta que me
soltaba cuando él decidía. Cuando terminó yo tenía la cara roja y congestionada, y se me
habían saltado las lágrimas por las arcadas. Él me besó en la boca: -Lo has hecho muy
bien, mamá, como una buena puta.
Me dejó que descansara mientras su tía seguía comiéndome el coño, y se colocó detrás
de ella y de un solo golpe se la clavó en su coño. La tía soltó un grito y empezó a jadear
de placer mientras mi hijo la follaba y me miraba a los ojos con lujuria; la tenía agarrada
con fuerza de las caderas y la daba unas culadas tremendas. Yo cambié de postura y
empecé a besarla y comerla las tetas, mientras mi hijo cambió de agujero y se la metió en
el culo. La tía ya no podía controlarse, gritando salvajemente, y pidiéndole a mi hijo que
la reventara; mi hijo la llamaba hija de puta, zorra, y mil cosas más, y yo la pajeaba con
furia su coño con los dedos, hasta que se corrió en mi mano, se la hice chupar, y se los
metí otra vez, al poco volvió a correrse, y mi hijo, gritando, se corrió también, llenándola
el culo de semen. Me agarró y me puso detrás de su tía para que la lamiera el culo y la
chupara todo su semen. La tía gemía por el esfuerzo y el placer, yo me llenaba la boca de
semen y del aroma de su culo y mi hijo nos contemplaba descansando y acariciándose la
polla.
Seguimos acariciándonos y besándonos, esperando que mi hijo se recuperara, cosa que
tardó muy poco, pues es muy joven, hace ejercicio y la visión de su madre y su tía
desnudas besándose le calentaron en un momento. Se acercó a nosotras con la polla otra
vez tiesa y nos mezclamos los tres en caricias y besos; era difícil saber dónde empezaba
un cuerpo y dónde terminaba otro. Se tumbó encima de su tía y la folló, mientras yo la
besaba y besaba a mi hijo; luego me agarró a mí y me folló. Nos penetraba a las dos
alternativamente. -Os gusta mi polla, ¿eh putas? ¿Os gusta cómo os follo? Así seguimos
durante un buen rato, hasta que no pudo aguantar más y nos dijo que nos colocáramos de
rodillas muy juntas y él se colocó de pie sobre la cama; nos dijo que abriéramos bien las
bocas y empezó a machacársela con furia encima de nosotras y entre espasmos y jadeos
incontrolables nos echó chorro tras chorro sobre nuestras caras y bocas. Cuando paró nos
ordenó en seguida que nos besáramos. Nuestras bocas estaban llenas de semen caliente y
viscoso, que se mezclaba con nuestra saliva y nos tragábamos. La tía se separó y lamió el
semen que goteaba por mi cara y mis tetas y me volvió a besar para que me lo tragara
todo; luego yo hice lo mismo con ella.
Pasamos toda la noche los tres juntos en la cama, durmiendo a ratos y follando el resto
del tiempo. Ahora éramos dos las putas de mi hijo, y las dos estábamos encantadas de ser
sus putas.
Capítulo 4
Un día recibí una llamada del instituto de mi hijo. Es bastante buen estudiante y
nunca da problemas, por eso me sorprendió la llamada pero parece ser que hay un par de
asignaturas que se le han atragantado, y su tutor quería hablar con sus padres para hablar
del asunto. Como mi marido tenía que trabajar, fui yo sola al instituto. Entré en el
despacho del tutor y allí me recibió un joven de poco más de treinta años, delgado, con
gafas y ligeramente atractivo. Yo me había vestido elegante, con un traje de chaqueta y
falda negros, medias y tacones, todo negro, y una blusa blanca semitransparente. El tutor
me hizo sentar muy amable en una silla, y él se sentó en otra a mi lado; era un joven muy
amable y agradable y hablamos de mi hijo y de sus problemas con las asignaturas, pero
me di cuenta que desde el momento en que había entrado por la puerta le había gustado.
Durante la conversación no dejó de mirarme, con mucho disimulo, las piernas, los
zapatos, y sobre todo mi escote, él pensaba que no me daba cuenta y yo me hice la
ingenua; decidí quitarme la chaqueta, diciendo que tenía calor, pero en realidad quería
que admirara mejor la redondez de mis pechos bajo la blusa. Empecé a notarle nervioso,
haciendo esfuerzos cada vez mayores para que sus ojos no se desviaran a mi escote y mis
pechos. Fumamos un cigarrillo y hablamos de muchas cosas, hasta que me levanté
diciendo que era ya un poco tarde; él se levantó rápido y me ayudó a ponerme la chaqueta;
me dijo que se alegraba mucho de haber conocido a una madre tan atractiva de uno de sus
alumnos, y me dijo medio tartamudeando que quizá podríamos quedar otro día para seguir
hablando de mi hijo y las asignaturas. Le sonreí pícara y le dije que por qué no.
Cuando se lo dije a mi hijo se mostró muy interesado, preguntándome si me había
gustado su tutor, le dije que un poco, y me propuso que ya que él se había sentido tan
atraído por mí, porqué no me dejaba seducir por él y que a cambio mejorara sus notas. La
idea me atrajo, y como siempre, no pude resistirme al encanto de mi hijo, siempre hacía
conmigo todo lo que él quería. Así que, mientras mi hijo me acariciaba y lamía, llamé a
su tutor y le pregunté si le gustaría venir a mi casa para seguir hablando de mi hijo y las
clases; pude sentir su excitación cuando me dijo que sería un placer, y que podía venir
esa misma tarde si yo quería. Acepté.
Mi marido no llegaría hasta muy tarde del trabajo. Mi hijo me dijo que recibiera a mi
tutor muy sexi, con alguna falda corta, un generoso escote y tacones, y me dijo que no
nos molestaría, que no notaríamos su presencia, pero que no cerrara ninguna puerta para
que pudiera espiarnos fácilmente. Llamaron a la puerta y mi hijo se fue a su habitación;
abrí y el tutor me saludó muy educado, casi sin poder evitar mirarme todo el cuerpo
sorprendido y excitado a la vez. Nos sentamos en el sofá, y nos pusimos a hablar de
muchas cosas; me preguntó si estaba sola, y le dije que sí, que no vendría nadie hasta
dentro de muchas horas. Estaba muy nervioso, mirando disimuladamente mi escote y mis
piernas, y sin poderse controlar más me dijo que era muy atractiva, que mi hijo tenía
mucha suerte de tener una madre tan sensual. Yo me escandalicé inocentemente,
diciéndole que cómo me decía esas cosas, pero por supuesto mi tono no sonaba en
absoluto irritado, y él me rodeó con un brazo y posó una mano en mi muslo, diciéndome
que me deseaba; le dije que era una mujer casada, que no podía decirme eso, pero él se
echó sobre mí y empezó a besarme. Yo protesté tímidamente para seguir con mi papel,
pero abrí la boca y le besé con lujuria. Sus manos buscaron con avidez mi escote,
abriéndome la blusa y acariciándome los pechos. Conseguí liberar mi boca para susurrarle
que fuéramos a mi habitación, me levanté y me siguió casi como un perrito, le tenía
totalmente en mis manos.
Nunca vi a un hombre desnudarse tan rápido, se acercó y me desnudó sin dejar de
besarme y lamerme. No le habría elegido como amante en otras circunstancias, pero tengo
que reconocer que me estaba excitando, y me encontraba mojada. Me tumbó en la cama,
se echo sobre mí, y casi sin preámbulos me penetró. Estaba excitadísimo y parecía que
llevara mucho tiempo sin acostarse con una mujer, no quería perder tiempo, solo follarme.
Pero no lo hacía mal. Empecé a gozar de su polla entrando y saliendo de mi coño, gemía,
él me masajeaba los pechos, sin dejar de decirme lo deseable que era, lo buenísima que
estaba, lo maravilloso que era mi cuerpo. Abrí un momento los ojos y vi a mi hijo en el
quicio de la puerta, mirándome con su sonrisa diabólica, gozando viendo cómo su madre
follaba con un hombre. Yo gemí más y le sonreí, y él se tocó el paquete, me lamí los
labios sensual, mientras a su tutor parecía que le dieran espasmos y entre jadeos se corrió,
soltando una cantidad de leche enorme, supongo que reprimida durante mucho tiempo.
Se tumbó a mi lado agotado, jadeando y sudando, y se disculpó por haberse corrido tan
pronto, pero mi cuerpo le había excitado tanto que no había podido controlarse. Le dije
que no se preocupara, pero que debería vestirse, no fuera que volviera mi hijo, en el cual
tenía ya todos mis sentidos, sin dejar de recordar su imagen acariciándose la polla con
lujuria. Se vistió y me preguntó si podíamos repetirlo otro día, que le había vuelto loco;
yo le acompañe desnuda hasta la puerta, evitando que tropezara, pues sus ojos no se
apartaban de mi cuerpo. Le dije que me encantaría repetirlo otra vez con más tiempo, e
ingenuamente le pregunté si no podría hacer algo con las notas de mi hijo. Sin apartar las
manos y los ojos de mis tetas, me dijo que no volviera a preocuparme nunca más de eso,
me las besó, me besó, y se fue.
Fui rápido a la habitación de mi hijo, que me esperaba desnudo en su cama, con la polla
tiesa. –¿Y bien, puta? –Está loco por mí, no tienes que preocuparte por tus notas. –Muy
bien, zorra, ¿has disfrutado? Me tumbé a su lado y le acaricié su maravilloso miembro. –
Sí, mi amor, pero estaba deseando que terminara para venir contigo. Empecé a chupársela;
cuando estuvo bien mojada de saliva me agarró con fuerza, me puso boca arriba, se tumbó
encima y de un solo golpe me la clavó. Aún tenía el coño lleno de semen, y se deslizó
fácil y rápida hasta el fondo. Solté un grito de placer y empezó a follarme como solo él
sabe hacerlo. Me estaban follando dos veces seguidas de la misma manera pero la
diferencia era gigantesca; su tutor me había follado bien, pero mi hijo…mi hijo era
maravilloso, su fuerza, su energía, su dominio de su cuerpo y del mío, y su trato hacia mí,
todo se juntaba para llevarme a un orgasmo tras otro siempre que me follaba. La cama
crujía, mis piernas rodeándole cruzadas empujando para sentirle más dentro si eso era
posible. Me estaba follando como nunca, era un polvo increíble, y en ese momento…
…oímos la puerta. Mi marido. Me quedé paralizada, era la primera vez en años que
llegaba del trabajo horas antes de lo previsto. Pero mi hijo seguía empujando, y yo estaba
a punto de llegar al clímax, no podía parar ahora. Oía a mi marido entrar en la cocina. Mi
hijo se inclinó sobre mí y me susurró "puta" varias veces. Oímos como su padre se servía
una cerveza. La cama seguía crujiendo. Ya no podíamos parar, era imposible. Mi marido
avanzaba por el pasillo. Mi hijo me susurró lujurioso que nos iba a descubrir, que iba a
pillar a la puta de su mujer follando con su propio hijo, que era una zorra que se acostaba
con cualquiera; disfrutaba con mi terror y mi excitación. Me corrí. Mi marido se acercaba,
oíamos sus pisadas acercándose más y más. Me mordí los labios con fuerza para no gemir
ni gritar. Mi hijo seguía empujando violentamente mientras mi coño se empapaba de mis
fluidos. Su padre estaba casi al lado de la habitación de nuestro hijo, se paró. Mi hijo
sonreía lujurioso. Se alejó. Entró en nuestra habitación. Debía de estar cambiándose. Por
un lado rezaba porque mi hijo se corriera y me soltara y se acabara esa pesadilla, pero por
otro lado deseaba que siguiera eternamente, sentía tanto placer que me daba exactamente
igual que mi marido nos descubriera. Le oímos salir del dormitorio y alejarse hacia su
despacho. Mi hijo me obligó a abrir la boca, y empujó violentamente para obligarme a
gemir, jadear, gritar; él también soltó un grito y se corrió salvajemente dentro de mi coño.
Cayó sudando y exhausto sobre mí, besándome y lamiéndome la cara. –Te quiero,
mamá. Eres mi puta. Mi perra. –Sí, hijo mío, lo soy, soy tu puta, tu zorra, te adoro, te
quiero. Estábamos llenos de adrenalina, jadeando y respirando agitadamente, hasta que
poco a poco nos fuimos relajando. Se echó a mi lado, le besé tiernamente en los labios y
le dejé descansar. Salí desnuda, comprobando que no estuviera cerca mi marido. Entré en
nuestra habitación sin hacer ruido, me vestí, y fui a la puerta de salida, asegurándome que
mi marido estaba encerrado en su despacho. Abrí y cerré la puerta con ruido, y simulé
que llegaba de la calle en ese momento. Saludé a mi marido y me fui corriendo al baño.
Me temblaba todo el cuerpo, pero todo había salido bien, mi marido no sospechaba nada,
había oído ruidos en la habitación de nuestro hijo, pero pensó que estaría viendo alguna
película en su ordenador y no quiso interrumpirle. El morbo, la excitación y la adrenalina
iban desapareciendo. Esa noche volvería a pasarme por la habitación de mi hijo.
Capítulo 5
Las semanas siguientes fueron bastante tranquilas. Me enteré que desde el día que
mi hijo se acostó conmigo y su tía, había estado yendo a su casa de forma bastante regular
para follar con ella. Eso me excitó y también me hizo sentirme celosa de mi cuñada, que
podía disfrutar de la polla de mi hijo siempre que quisiera, mientras que a mí me tenía
que sobar y follar a escondidas. Quizá por esa razón durante un par de semanas no me
acosó con tanta lujuria y riesgo como al principio, aunque por supuesto seguía
magreándome siempre que le apetecía, y yo seguía escapándome de la cama de su padre
en mitad de la noche para acostarme en su cama, y al menos pasar una o dos horas a su
lado, siendo follada y tratada como una puta por él. Había llegado a un punto en que
dependía de él, necesitaba su cuerpo, su polla, su semen, sus insultos, sus humillaciones.
Y cuando pasaban dos o tres días sin que me tocara me entraba ansiedad y suplicaba en
silencio por que me follara; a veces me acercaba a él y le susurraba al oído que por favor
me tocara, que me follara, y él muchas veces me despreciaba para demostrarme quién
tenía el poder y el control.
Al cabo de tres semanas mi marido volvió a salir de viaje, era algo que hacía con mucha
frecuencia, y mi hijo y yo nos quedamos solos en casa durante tres días. Esa tarde
estábamos en el sofá, yo completamente desnuda arrimada a él, acariciándole suavemente
mientras él veía la tele, cuando de repente la apagó y me miró muy serio.
–He hablado con mis amigos, mamá, y están como locos por follarte. Me quedé pálida,
le dije que cómo se había atrevido a hacer algo así, que no podía hablar a sus amigos de
mí de esa manera. -¡Cállate! Les he dicho que si quieren follarte no tienen más que
decírmelo, y que lo harás encantada. -¡Pero hijo mío!, ¿te has vuelto loco?, ¡eso es casi
como si me prostituyeras! –Exacto, mamá, porque eso es lo que hacen las putas, y tú eres
una puta, mi puta, y harás todo lo que yo te diga, ¿me entiendes? -¡No lo hagas, por favor,
te lo suplico! -¡Ya lo he hecho! Hace un rato he llamado a tres de mis amigos, estarán
aquí en una hora, y te vamos a follar entre los cuatro.
Me quedé sin palabras, no podía creer lo que estaba oyendo. Mi hijo me había ofrecido
a sus amigos adolescentes para que me follaran y abusaran de mí a su antojo. Entonces
empezó a entrarme un calor por dentro, era una mezcla de excitación y lujuria; mi hijo
había decidido convertirme en su puta con todas las consecuencias, y el siguiente paso
lógico era ofrecerme a otros hombres, en este caso a sus amigos. Y cuatro pollas jóvenes
y fuertes para mí sola no era una idea tan desagradable. Pero me asustaba, pues nunca
había estado con más de un hombre a la vez.
–Bien, ahora te vas a vestir como un buen putón, te vas a poner la minifalda más corta
que encuentres, sin bragas, por supuesto, una camisa bien desabrochada para que asomen
tus tetas y los tacones más altos que tengas. ¡Y date prisa, puta!
Me vestí como me dijo, y me presenté en el salón para que me diera su visto bueno; me
sentía sucia por dentro, totalmente vejada y humillada por lo que iba a pasar, pero no
podía revelarme, mi hijo ejercía un control sobre mí tan grande que no podía hacer otra
cosa más que obedecerle. Se acercó y empezó a sobarme: -Estás buenísima, mami, mejor
que cualquier puta callejera. Le notaba muy excitado, tanto por mi ropa, como por lo que
íbamos a hacer. En ese momento llamaron a la puerta. Me dijo que fuera a abrir y recibiera
a sus amigos. Eran tres, como había prometido, todos adolescentes guapos y fuertes, a
alguno ya le conocía de haberle visto en casa con mi hijo y eso me hizo sentir aún más
avergonzada. Cuando me vieron así vestida se quedaron alucinando mirándome, con
lujuria en los ojos, y medio babeando por la visión de mis piernas y mi espectacular
escote. Les saludé y les di dos besos a cada uno, acercando mucho mi boca a sus labios,
y pegando mis pechos a sus cuerpos. Debieron de empalmarse los tres en ese mismo
momento. Los llevé al salón, donde nos esperaba mi hijo y nos sentamos, yo en el sofá,
donde me dijo mi hijo, en medio de dos de ellos, y el otro en un sillón. Empezaron a
hablar mientras no dejaban de desnudarme con la mirada con todo el descaro del mundo.
Me sentía incómoda, con esos adolescentes babeando y deseando follarme, y mi hijo
disfrutando viendo cómo sufría. –¿Os gusta mi madre, chicos? -Está buenísima.
Respondió uno de ellos pasando el brazo por mis hombros. –Cuando le he dicho que
veníais a verme se ha vestido así para recibiros, ha dicho que quería ponerse muy guapa
y provocativa para vosotros. Mi hijo estaba utilizando una serie de mentiras muy obvias,
pero que servían para calentar todavía más el ambiente. Uno de ellos puso una mano sobre
mi muslo para ver mi reacción. –Tu madre está tensa, creo que está nerviosa. –Es posible,
a lo mejor necesita que la animéis un poco, ¿por qué no la sobáis las tetas?
Y el que tenía a mi derecha me las empezó a magrear con las manos, sacándomelas de
la camisa, mientras el de mi izquierda me metía la mano bajo la falda y me acariciaba el
coño. –La cabrona no lleva bragas, y está toda mojada. –Claro, os lo dije, es una puta, y
está cachonda porque sabe que la vamos a follar hasta reventarla, ¿verdad chicos? –Ya lo
creo, dijo el que estaba en el sillón, levantándose y colocándose delante de mi cara; se
bajó la bragueta y se sacó la polla. Estaba ya bastante empalmado, y su miembro era
realmente grande, para ser un chaval. Me la acercó a la boca y me ordenó que se la
chupara. Mi hijo se levantó también y se acercó: -Ya has oído, sé una buena puta y
chúpasela. Abrí la boca y se la chupé. Ahora tenía una polla en la boca y mi cuerpo era
magreado por los otros dos chicos. Entonces me levantaron y casi en volandas me llevaron
a mi habitación y empezaron a desnudarse. Cuando vi los cuatro cuerpos jóvenes
desnudos ante mí, sus pollas grandes y ya erectas, empecé a excitarme y gemí de gusto.
Mi hijo se acercó y me besó con pasión en la boca para que los otros lo vieran bien,
después los demás se fueron acercando poco a poco para seguir sobándome, mientras yo
les acariciaba los cuerpos y sus pollas.
–Ojalá mi madre estuviera tan buena como la tuya, la follaría a todas horas. –Sí, igual
que la mía, y tan puta. –Bueno, no os preocupéis, mi madre se ha ofrecido a ser vuestra
puta, cuando queráis follar con ella no tenéis más que decírmelo o venir aquí directamente
y ella se abrirá de piernas para vosotros, ¿verdad, mamá? Yo asentí entre gemidos. Los
comentarios de mi hijo les ponían todavía más cachondos, y ya no se cortaban a la hora
de llamarme puta o cosas mucho más fuertes, incluso me llamaban mamá o mami, para
humillarme más.
Me desnudaron y me echaron en la cama, y se pusieron a mi alrededor. Uno de ellos se
tumbó encima de mí y me la clavó en el coño, mientras los otros me sobaban y me
acercaban sus pollas a la boca para que las chupara; estaba tan excitado que duró muy
poco y se corrió en seguida dentro de mí, e inmediatamente su lugar lo ocupó otro. Pero
al poco decidió cambiar de postura, se tumbó boca arriba y yo me monté encima de él,
otro se colocó detrás y me penetró el culo. Ahora me follaban el coño y el culo al mismo
tiempo y la boca la tenía siempre llena con alguna polla. Nunca me había visto en una
situación así, follada por todos mis agujeros, y juro que lo estaba disfrutando. Y ellos
también, por supuesto, y disfrutaban insultándome y haciendo comentarios sobre mi
marido, que deberíamos dejar que viera cómo me estaban follando para que aprendiera,
y cosas así.
Estuvimos así mucho rato. Cuando uno se corría descansaba y su lugar era ocupado por
otro; siempre rotaban, de manera que en ningún momento dejaron de follarme, pero a mí
empezaba a dolerme todo el cuerpo. Decidieron hacer una pausa para fumar y coger unas
cervezas de la cocina, mientras yo me quedaba tumbada, gimiendo y recuperándome,
semen goteándome de mis dos agujeros que ya los tenía muy irritados, mi cuerpo
reluciente de saliva y semen adolescente. Uno de ellos entró y me vio así:
-Joder, qué puta eres. Yo le sonreí: -¿Os gusta cómo lo estáis pasando? Se acercó y
empezó a volcar su cerveza sobre mi cuerpo: -Vamos a venir muchas veces por aquí para
follarte, hija de puta, y diciendo esto se echó cerveza en la polla para que se la chupara.
Volvieron todos y siguieron follándome, con fuerza, haciéndome gritar de placer y
dolor, hasta que ya no pudieron más. Se había corrido cada uno dos, tres veces en mi
cuerpo, y yo había perdido la cuenta de las veces que yo también me había corrido.
Estábamos todos exhaustos, sudando y jadeando, tenía el cuerpo lleno de semen, por
dentro y por fuera, y me dolía todo. Se levantaron y fueron a por más cervezas, me trajeron
una que tuve que beber, aunque no me apetecía. Les dije que tenía que ir un momento al
baño. Cuando estaba saliendo de la habitación uno de ellos me agarró: -¿Vas a mear? ¿Por
qué ir hasta el baño? Hazlo aquí. De repente todos se animaron y empezaron a jalearme
para que orinara allí mismo en el suelo. Me agaché, me puse de cuclillas, y empecé a
soltar mi chorro. Ellos me miraban fascinados y lujuriosos, incluso mi hijo, mientras yo
soltaba mi chorro de pis sobre el suelo, salpicándome los pies y las piernas.
Entonces uno se acercó, dijo que viéndome y por las cervezas a él también le habían
entrado ganas de mear, y empezó a orinarme encima. Yo solté un grito, pero los demás
vinieron corriendo y se pusieron también a mearme, gritándome que abriera la boca. La
abrí y recibí sus meados en mi boca y por todo mi cuerpo, me entraron arcadas pero
aguanté. Cuando terminaron me dejaron bañada y chorreando sobre un charco de meados.
No quería ni moverme. Ellos se fueron lavando y vistiendo poco a poco, y cuando
estuvieron listos me dijeron que había sido un placer follar con una puta como yo, dieron
las gracias a mi hijo y se fueron.
Mi hijo se acercó: -Lo has hecho muy bien, mamá. ¿Te ha gustado? Le dije que sí, que
lo había disfrutado todo muchísimo. Me dijo que fuera a lavarme, que el limpiaría la
habitación. Cuando terminé de bañarme y me sentí bien limpia ya era de noche, comimos
algo y me acosté con mi hijo. Pasamos la noche juntos, abrazados, besándonos, como
amantes, como hijo y puta.
Capítulo 6
Algunas veces salía con mi hijo por la noche e íbamos a alguna discoteca; mi marido
no veía extraño que saliera con mi hijo a dar un paseo. Me vestía muy sexi para él y nos
comportábamos como si fuéramos una pareja: bailábamos, bebíamos, nos besábamos, nos
metíamos mano. Me encantaban esos momentos. Luego nos amábamos en el coche, e
incluso una vez me llevó a un motel.
Una tarde me propuso ir a un club nuevo que conocía. Acepté sin pensarlo dos veces.
Me dijo que me vistiera provocativa pero elegante, y me decidí por una falda corta, medias
negras y tacones altos, y una blusa blanca fina muy escotada, por la que asomaban mis
pechos sin sujetador, aunque sí me puse unas braguitas negras de encaje. Cuando mi hijo
me vio tuvo que controlarse para no follarme allí mismo. Me dijo que estaba buenísima,
que era la mamá madura más atractiva del mundo y que esa noche lo íbamos a pasar de
vicio. Mi marido no había vuelto todavía del trabajo y le dejé una nota diciendo que me
había ido al cine con las amigas y que a lo mejor llegaba un poco tarde, y que el nene
había salido con sus amigos.
Ya había anochecido cuando entramos en el club; era un sitio con clase, más pensado
para gente adulta que para jovencitos; luz tenue, música suave, me pareció un sitio de lo
más sensual. Nos dirigimos a la barra, sintiendo las miradas de los hombres sobre mí,
mirando con lujuria mi escote, mi culo, mis piernas. Mi hijo me susurró que me
desabrochara un botón más de la camisa, que alegrara más la vista a los hombres.
Entonces me fijé que había algo distinto en ese club, había muy pocos hombres o mujeres
solos, la mayoría eran parejas. Ante mi extrañeza, mi hijo me explicó que era un club de
intercambios. Había oído hablar de eso, pero nunca lo había pensado en serio, y ahora
sabía que mi hijo me había traído aquí para hacer un intercambio con otra pareja. La idea
me excitó.
Nos sentamos en una mesa con nuestras bebidas y nos dedicamos a mirar a la gente,
como si la analizáramos. Entonces un joven se acercó a mi hijo, le dijo algo al oído, y se
lo llevó a otro lado; vi como hablaba con el joven y con una chica que debía ser su pareja.
A los pocos minutos se acercaron los tres y mi hijo me dijo que nos habían estado
observando y que les gustaría sentarse con nosotros a tomar una copa y que él había
aceptado gustoso, les había dicho que yo, su pareja, estaría encantada. El joven se sentó
a mi lado y su novia al lado de mi hijo. Estaban de viaje en la ciudad por un asunto
familiar, se alojaban en un hotel cercano, y habían salido a tomar una copa; habían entrado
en este club sin saber que se trataba de un lugar de intercambio, y les pareció estupendo,
pues ya lo habían probado en una ocasión y les había gustado mucho. El joven era muy
guapo, tendría unos treinta años, era alto y rubio, y me miraba con deseo. Su novia era
muy atractiva y sensual, con pelo largo rubio y liso, alta, unas piernas fantásticas y dos
pechos grandes y firmes. Me sentí celosa en seguida, y más viendo cómo hablaba y reía
con mi hijo, y este le prestaba a ella toda la atención. Por su lado su novio empezó a hablar
conmigo, y sin darme cuenta me encontré con su mano sobre mi muslo, empezó a subirla,
metiéndola bajo mi falda, mientras se arrimaba y su boca se pegó a mi oreja; me susurró
si no sería estupendo hacer un intercambio los cuatro, que su sueño era hacerlo con una
mujer madura tan atractiva como yo, mientras follaban a su novia. Su mano llegó a mis
bragas y su lengua me lamía la oreja y yo empezaba a estar muy caliente. Miré con
disimulo a mi hijo y vi que se estaba besando con pasión con la chica, con una mano
acariciándola los pechos. El joven descubrió mi mirada y me dijo que hiciéramos lo
mismo, y acto seguido me besó en la boca, cerré los ojos y dejé que nuestras lenguas se
encontraran. Su mano dejó mis braguitas y fue a mi escote, la metió bajo mi blusa y me
acaricio un pecho y me pellizcó un pezón.
En ese momento su novia nos interrumpió con una sonrisa pícara, diciendo que porqué
no íbamos a su hotel y continuábamos el intercambio en su habitación. Mi hijo dijo que
estupendo, mirándome con expresión lujuriosa como estaba descamisada y abrazada al
joven, y dije tímidamente que sí. Fuimos andando, pues era cerca, cogidos cada uno a su
nueva pareja; entramos en el hotel y el recepcionista no se fijó en nosotros, subimos a su
habitación muy excitados, sobre todo yo, y entramos.
Había dos camas separadas y mi hijo y la chica no perdieron el tiempo, se fueron a la
más alejada y empezaron a desnudarse sin dejar de besarse. Yo me sentía un poco cortada,
pero el joven me abrazó por detrás y presionó sus manos en mis pechos, me desabrochó
la blusa y me la quitó, sus manos aferraron mis pechos, pellizcando mis pezones, mientras
me lamía el cuello; una de sus manos bajó hasta mi falda, la subió y se metió debajo,
buscando mis bragas; cuando las encontró las acarició, las frotó, haciendo que me
humedeciera, cerré los ojos y me dejé acariciar y meter mano por él. Me bajó la falda y
me echó sobre la cama, casi sin darme cuenta se había desnudado y se tumbó a mi lado;
acaricié su cuerpo desnudo, musculoso, casi sin vello, su polla empezaba a ponerse dura
y me resultaba muy tentadora. Me quitó los zapatos, las medias, muy lentamente,
besándome y lamiéndome las piernas y los pies, me las puso sobre los hombros, me apartó
la tela de las braguitas y me penetró. Su polla entró entera casi de un solo golpe, solté un
grito de placer, y no pude evitar mirar a mi hijo, que me miró al mismo tiempo, lujurioso,
gozando al verme poseída por otro hombre; tenía a la chica a cuatro patas y la penetraba
con las manos en sus caderas, la chica jadeando de placer.
Después de penetrarme durante un rato, se salió de mí y se medio sentó sobre mi
vientre, colocando su polla entre mis pechos, yo me los apreté y empecé a frotársela,
mientras él seguía el movimiento, cada vez más excitado, y yo intentaba llegar con mi
lengua para lamerle la punta y darle lametazos, hasta que se corrió; los chorros de semen
me llenaron la cara y antes de que me recuperara de la impresión y sin avisar, me la metió
en la boca para que se la chupara y se la dejara bien limpia. El semen me había empapado
la cara y goteaba de mi pelo y mi barbilla, uno de los ojos lo tenía cerrado por el semen
que lo cubría; cuando terminó, llamó a su novia, que estaba chupándosela a mi hijo tras
haber recibido su semen en su coño, y vino a nuestra cama; siguiendo las indicaciones de
su novio, me lamió la cara tragándose todo el semen que pudo. Su lengua recorría mi cara
y cuando termino me besó, abrí mi boca y recibía su lengua y su saliva mezclada con
semen; nos besamos con deseo, mientras nuestros hombres nos miraban con lujuria.
La chica se desplazó hacia mi raja, situándose encima de mí formando un 69, metió su
lengua en mi coño y me lo empezó a chupar; su raja estaba a centímetros de mi cara, y no
pude hacer otra cosa más que lamerla, disfrutando de su coño joven y fresco. Así situadas,
mi hijo se acercó por detrás y empezó a hurgarle el culo a la chica con sus dedos, mientras
su novio se colocaba entre mis piernas y me frotaba su polla contra mi coño, mientras su
novia seguía comiéndomelo. Mi hijo empezó a penetrarla, lo que la hizo dejar mi coño
un momento para jadear y gritar de placer y dolor, lo que aprovechó su novio para
metérmela en el coño. Yo gemía incontrolada, pero no podía dejar de comer aquel coñito
tan delicioso, mientras la polla de mi hijo entraba y salía de su culo a centímetros de mi
cara. Varias veces la sacó de su culo y me la metió en la boca, para que se la chupara y
saboreara su delicioso culo, e incluso me la pasó por la nariz para que la oliera.
Mientras, su novio me follaba con furia y hacía lo mismo que mi hijo, de vez en cuando
paraba para metérsela a su novia en la boca. Así estuvimos un rato, disfrutando los cuatro
juntos de un polvo maravilloso, hasta que casi simultáneamente mi hijo se corrió en el
culo de la chica, y su novio en mi coño. Mi hijo casi enseguida la sacó y me la metió en
la boca, metiéndomela casi hasta la garganta, llego a echar un último chorro dentro de mi
boca y se la lamí. Lo mismo hizo el chico, tras correrse en mi coño, la sacó y se la metió
a su novia en la boca para acabar de correrse. Después se apartaron, y dejaron que la chica
lamiera mi coño encharcado de semen y fluidos, y que yo le lamiera a ella su culo, del
que brotaba semen que tragué con placer.
Después de descansar un rato mi hijo y yo nos vestimos y nos fuimos, dejando a la
pareja tumbados en la cama acariciándose. Cuando llegamos a casa mi marido estaba
despierto y nos preguntó qué tal lo habíamos pasado; nos duchamos por turnos, y cuando
me acosté mi marido me folló, lo disfrutó, e incluso yo también, pero no le veía a él, veía
a mi hijo y a la pareja con la que habíamos follado tan salvajemente ese dia.
Capítulo 7
Una tarde mi hijo me propuso ir al cine. Yo estaba un poco aburrida, mi marido
estaba en casa trabajando en unos informes para su empresa, y en la tele no había nada
interesante, así que acepté encantada. Fui a mi habitación para cambiarme y al poco entró
mi hijo. Me empezó a acariciar el culo y me susurró que me pusiera algo provocativo,
algún vestido corto con mucho escote, y que no me pusiera ropa interior, porque el cine
era un lugar ideal para meterse mano, y él tenía la intención de pasarse toda la película
metiéndome mano.
Me decidí por un vestido corto rosa de tirantes y unas sandalias de tacón. Me sentía
realmente atractiva, y provocativa. Nos despedimos de mi marido, quien nos dijo adiós y
que nos divirtiéramos sin dejar de mirar sus papeles. En broma le dije que no nos esperara
despierto.
Aparcamos el coche en un parking y salimos a la calle. Yo pensaba qué película
podíamos ver cuando pasamos por delante de uno de los últimos cines porno que quedan
en la ciudad. Mi hijo se paró y me dijo que nunca había estado en un cine de esos, le dije
que yo tampoco, y con una mirada de complicidad compramos dos entradas y nos
metimos.
Era un día entre semana y estaba prácticamente vacío, sólo distinguimos cuatro
hombres muy separados unos de otros. Nos sentamos en una de las últimas filas. La
película ya había empezado, en ella una chica de enormes pechos follaba con dos negros
con pollas enormes. El encontrarme en un cine porno con mi hijo, casi vacío, la película,
mi ropa, todo influía para que me sintiera muy excitada y caliente, y me alegré cuando mi
hijo no tardó en volverse sobre mí y besarme en la boca. Su mano se dirigió a mi escote
y me acarició los pechos y mis pezones, ya duros por la excitación, mientras nuestras
lenguas se fundían en un beso apasionado. Le toqué el paquete y comprobé que él también
estaba muy cachondo, le desabroché el pantalón y liberé su maravillosa polla. Él dirigió
mi cabeza hacia ella y se la chupé con ganas.
Entonces me dijo que me quitara el vestido, yo le dije que no, que allí no, pero estaba
tan caliente que no pude negarme, y dejé que me lo quitara y lo echara sobre una butaca;
me pidió que me quitara incluso los zapatos. Y volví a agacharme para seguir
chupándosela. Yo no me di cuenta, pero uno de los hombres sentados por delante de
nosotros se volvió para ver qué eran esos susurros, y mi hijo le hizo una seña para que se
acercara. Se acercó por detrás de mí, yo ni siquiera le oí llegar, y la visión de mi culo
desnudo mientras se la mamaba a mi hijo le debió poner cien. Él solo veía a una mujer
madura muy atractiva chupándosela a un chico joven. Entonces me sorprendí al notar una
mano que no era la de mi hijo tocándome el culo, quise incorporarme para saber qué
ocurría, pero mi hijo me sujetó la cabeza y le dijo al desconocido que me follara el culo;
casi sin darme cuenta sentí cómo unas manos agarraban mis caderas y una polla enorme
empezaba a presionar para introducirse dentro de mi culo. Quise protestar, decirle a mi
hijo que no le dejara, pero él me dijo que me callara, que fuera una puta buena y me dejara
follar por ese desconocido.
Su polla entró dentro de mí casi de un solo golpe, provocándome un dolor inmenso,
pero no podía gritar, con la polla de mi hijo en la boca. Los otros tres espectadores se
acercaron atraídos por los gemidos y se quedaron mirando alrededor como embobados;
era como la película de la pantalla, pero en vivo. Mi hijo se corrió brutalmente en mi
boca, llenándomela de semen, y cuando se le pasaron los temblores se levantó y le
preguntó a uno de los hombres que si quería ocupar su lugar. No se lo pensó dos veces, y
se sentó en la butaca de mi hijo, se sacó la polla y me la metió en la boca. El que me
enculaba no tardó en correrse, llenándome con su leche el culo, y poco después el otro
desconocido se corría en mi boca. Por fin me dejaron libre un momento y aproveché para
sentarme y relamerme el semen que goteaba de mi boca.
Pero aún había dos hombres masajeándose sus pollas fuera de los pantalones esperando
su turno; y no pensaban irse sin disfrutar de mí. Me cogieron entre todos y me llevaron a
un lateral de la sala, donde había más espacio, y me tumbaron en el suelo. Me fueron
follando esos dos hombres por turnos, mientras mi hijo les animaba, y me obligaba a abrir
la boca al máximo para tragarme dos pollas a la vez. Luego se levantaron todos y me
dejaron de rodillas, pajeándose los cuatro desconocidos, incluido mi hijo, a mi alrededor.
Me dijeron que abriera mucho la boca y que fuera manteniendo en mi boca todo el semen
que me iban a echar, pero que no lo tragara ni lo escupiera. Yo me acariciaba las tetas un
poco por los nervios y un poco para excitarles, y uno a uno se fueron corriendo en mi
boca. Cuando uno terminaba otro le seguía, casi sin parar, y mi boca se fue llenando poco
a poco de semen. Su semen no solo caía en mi boca, sino que pronto tuve llena toda la
cara y el pelo. Goteaba por mi barbilla y caía sobre mis pechos. Mi hijo fue el último en
correrse, y juraría que su cantidad fue la mayor de todas, claro que él es muy joven y los
desconocidos todos hombres maduros, alguno incluso bastante desagradable. Cuando
terminaron se quedaron jadeando contemplándome, asombrados de ver mi cara blanca de
semen y mi boca abierta llena. Entonces mi hijo me dijo que les demostrara lo puta que
era y que me lo tragara todo, así que cerré la boca y me lo tragué, y la abrí otra vez para
que lo comprobaran.
Me vestí y salimos del cine, quería llegar a casa cuanto antes y darme un baño, me
sentía muy sucia, pero también reconocía que había sido muy excitante y morboso hacerlo
con unos desconocidos. Llegamos al aparcamiento y estaba casi vacío de coches y no se
oía nada. Entonces oímos unas voces, alguien que nos llamaba. Eran los hombres del cine,
los cuatro, nos habían seguido. Uno de ellos, parecía que hablaba por los demás, se acercó
a mi hijo y le dijo que se habían quedado con ganas de más, que querían seguir follando
conmigo. Mi hijo pretendió dudar, diciendo que no estaba seguro, pero se notaba que en
el fondo lo deseaba. Yo no quería más, además, aquellos hombres me desagradaban
muchísimo. Entonces uno de ellos le ofreció dinero a mi hijo a cambio de follarme, y mi
hijo aceptó, les cogió una buena cantidad y les dijo que podían hacer lo que quisieran
conmigo durante una hora, y que a él le gustaría mirar. Aceptaron excitadísimos y yo le
dije a mi hijo que no lo hiciera, que nos fuéramos a casa, pero él me dijo cruel que ya
habían pagado y que ahora era iba a ser su puta.
Me cogieron y me metieron en el coche desnudándome, me tumbaron en el asiento y
de nuevo me fueron follando todos por turno. Sus pollas entraban y salían de mi coño,
mientras mi hijo observaba todo un poco apartado, sonriendo con lujuria. En cuanto uno
se corría otro ocupaba rápidamente su lugar y me la clavaba, mientras mi boca siempre
estaba ocupada lamiendo alguna polla o algunos testículos. Me trataban con fuerza, para
ellos solo era un objeto sexual en el que descargar todas sus ansias reprimidas; me
azotaban, me magreaban con violencia las tetas, me escupían. Cuando se corrieron todos,
uno vio que todavía quedaba un poco de tiempo, y se le ocurrió una idea. Cogió una
botella de licor que uno de ellos llevaba y me hizo beber un buen trago, luego la dirigió a
mi coño y me la empezó a meter. Lo tenía tan dilatado y tan lleno de semen que no me
molestó demasiado y se deslizó en mi interior fácilmente, mezclándose el licor que
brotaba de su interior con el semen que me inundaba el coño. Entonces uno dijo que lo
probara en mi culo, y eso sí me asustó, les dije que no, pero eso es lo que estaban
esperando, me dieron la vuelta, y me la empezaron a meter; el dolor era terrible, yo grité
y uno de ellos me tapó la boca para que no se oyeran mis gritos; lloraba de dolor, era
como ser empalada por una polla gigante. Después de unos minutos que se me hicieron
eternos, me sacaron la botella, y de mi culo brotó licor mezclado con sangre. No me lo
habían desgarrado, pero faltó poco, y desde luego durante un par de días me dolería
horrores al sentarme y al andar. Me ayudaron entre todos a vestirme y nos fuimos a casa.
Por el camino mi hijo me preguntó cómo estaba, y si me había gustado. Le dije que lo
de la botella había sido horrible, pero que ser follada y prostituida con unos desconocidos
había sido increíble. Me preguntó si querría repetirlo otra vez y le dije que sí. Aparcó
cerca de casa y me besó en la boca con ternura. Me dijo que era la mejor puta del mundo
y me dirigió la cabeza con suavidad a su entrepierna para que se la chupara una vez más
antes de entrar en casa. Se corrió en mi boca y me lo tragué con muchísimo placer y
entonces entramos en casa. Saludamos a mi marido y rápidamente, sin que le diera tiempo
de fijarse en mí, me dirigí al baño para lavarme. Había sido una tarde increíble de sexo,
pero tenía todo el cuerpo escocido y dolorido, y necesitaba un baño y descansar.
Capítulo 8
Han pasado meses desde que estuve con mi hijo por última vez. Él se fue a estudiar
una temporada al extranjero, y nos separamos. Nuestra relación se rompió. Me quedé
sola, desamparada, intentando por todos los medios disimular ante mi marido, su padre,
el vacío que sentía en mi interior. Hasta que él se fue no fui consciente de lo dominada
que estaba, y aún estoy, por él, de lo mucho que necesitaba mi sumisión, y sentirme la
puta de mi propio hijo.
Me acostaba con mi marido, pero no le veía a él, sólo podía ver la cara de mi hijo
adolescente, y follaba mecánicamente, sin pasión ni sangre, recordando cómo mi hijo
había doblegado mi propia alma y me follaba salvajemente, me insultaba, me escupía, me
maltrataba física y psicológicamente; cómo me humillaba, cómo me había pervertido
totalmente. Cuando estaba a solas me masturbaba pensando en él, me autocastigaba, me
comportaba como una pervertida y una puta por las calles, como a él le gustaba que me
comportara, pero no era igual. No estaba él. Me faltaba.
Las únicas alegrías que tenía eran los correos en mi email personal de la oficina. Nos
escribía muchos mails a su padre y a mí, con su alegría y buen humor característicos, en
los que nos contaba sus experiencias. Pero en mi correo privado siempre me saludaba
igual: "hola, puta". Cuando veía esas dos palabras me cuerpo temblaba de emoción, mi
coño se humedecía. Me encerraba en mi despacho y me masturbaba leyéndole. Era lo más
parecido que podía haber a estar con él. Guardo todos los mails que me mandó, como un
tesoro, como un adolescente guardaría sus revistas porno bajo la cama. Los he leído mil
veces, conozco de memoria cada frase, cada insulto, cada orden, cada desprecio, cada
palabra. Y cada vez que releo alguno de esos mails, mi coño se moja igual que la primera
vez.
Pero por fin se acabó la espera, mi hijo volvía a casa, y los días anteriores a su vuelta
me encontraba en un estado de ansiedad como no recordaba en mucho tiempo. El último
mail suyo que recibí antes de su llegada me dejó bien claro que ansiaba tanto como yo
estar conmigo, y que estaba deseando estar a solas conmigo y hacerme suya de nuevo y
convertirme en su puta otra vez.
El día de su llegada me vestí muy guapa y elegante, un pelín sexi, pero sin pasarme,
por supuesto; mi relación con mi hijo había sido un secreto para todo el mundo durante
meses, incluido mi marido, y no estaba dispuesta a que eso cambiara en mucho tiempo.
Medias negras, tacones, falda por encima de las rodillas, blusa abierta por la que se
insinuaban mis generosos pechos y el sujetador negro que los cubría, labios pintados, pelo
suelto y revuelto. Quería causar la mejor de las impresiones a mi hijo, quería que nada
más verme me deseara. Fuimos su padre y yo buscarle al aeropuerto. La espera fue una
agonía, cigarrillo tras cigarrillo, hasta que por fin anunciaron la llegada de su vuelo y las
puertas se abrieron. Allí estaba, ¡Dios mío!, tan guapo, tan alto, tan fuerte, tan …. Saludó
a su padre con un abrazo y dos besos, y me reservó para el final. Sus ojos no habían
cambiado, desde el momento en que me vio los clavó en mí, profundos, negros,
terroríficos, diabólicos. Mis piernas flaquearon un momento. Se acercó, me llamó mamá
y me abrazó, su mejilla pegada a la mía. Su olor me embriagó, fue como un afrodisíaco,
me besó las dos mejillas, sus labios húmedos se acercaron peligrosamente a mi boca, pero
paró antes de volverme loca; se deslizó a mi oído y con disimulo me susurró la palabra
mágica: ¡puta!
Había estado meses libre de su dominio, pero ahora, en el coche de vuelta a casa, mi
coño estaba húmedo y ansiaba estar a solas con él y sentir de nuevo su poder sobre mí.
En casa el día fue tranquilo, no volvió a decirme nada fuera de lo normal, pero sus miradas
me abrasaban. Ya sólo tenía ojos para la noche.
Al llegar la noche mi marido y yo nos acostamos, esa noche él estaba cansado y no
hicimos nada, y yo, por supuesto, tampoco habría querido, me reservaba para mi hijo.
Tambada en la cama, mirando al techo, casi conteniendo la respiración y rogando porque
mi marido se durmiera pronto. Él daba vueltas en la cama, mientras mi ansiedad crecía
por momentos, hasta que oí cómo su respiración se regularizaba, y poco después
empezaba a roncar ligeramente. Ya no pude, ni quise, esperar más, me levanté, sin hacer
ni un sonido, mis pies descalzos pisando la alfombra; abrí un cajón y saqué el camisón
negro semi transparente que tenía preparado, me lo puse sobre mi cuerpo desnudo y me
dirigí al cuarto de mi hijo, cerrando tras de mí la puerta de mi dormitorio. Mi marido
seguía durmiendo plácidamente.
Abrí la puerta del cuarto de mi hijo sigilosamente. La luz que entraba por la ventana le
iluminaba. Estaba tumbado en la cama, desnudo, la sábana apenas cubriéndole, con un
codo apoyado en la almohada y una mano acariciando suavemente su prodigioso
miembro. Me esperaba, sabía perfectamente que iría esa noche, que no podría esperar
más tiempo a sentirle de nuevo dentro de mí. Me acerqué a su cama, apoyé las manos y
me incliné para besar su torso. Me tumbé a su lado, ninguno decía nada, y seguí besándole
el pecho, los pezones. De repente me cogió del pelo con fuerza y tiró de él hacia atrás.
-Ha pasado mucho tiempo, mamá.
Pegó sus labios a los míos y me besó, metiendo la lengua dentro de mi boca. Cerré los
ojos y me dejé besar, sintiendo su boca caliente y su lengua moviéndose con furia dentro
de mí.
-¿Me has echado de menos, puta?
-Sí, hijo mío, no sabes hasta qué punto.
Mi mano acariciaba su pene, grande, suave, creciendo entre mis dedos, abrí los ojos y
miré de reojo, su capullo rojo y brillante me hipnotizaba.
-¿Echabas de menos mi polla, puta?
-Con toda mi alma, mi amor.
-No eres más que una perra, una zorra, una puta. ¿Verdad, mamá?
-Sí, mi pequeño.
-Dilo, quiero oírtelo decir.
-Soy una puta, soy tu puta.
-Más alto.
-¡Soy tu puta!
-Más alto, perra.
-SOY TU PUTA.
Me di cuenta de que lo había dicho casi gritando y sentí temor por que lo hubiera oído
su padre y se hubiera despertado. Mi hijo me miraba sonriendo diabólico, como siempre
hacía, esto era lo que más le excitaba, humillarme, degradarme, y arriesgarse hasta el
límite, el peligro, el riesgo de que nos descubrieran le llenaba de adrenalina, le fascinaba
ver el miedo en mi cara. Su polla se había puesto dura como el acero. Me agarró de las
muñecas y colocándose velozmente sobre mí, me la clavó de un solo golpe, montándome
como a la yegua que era. Ninguno de los dos tenía tiempo no paciencia para juegos, hoy
no, hacía mucho que estábamos separados y nos anhelábamos mutuamente. Su polla
entraba y salía de mí con movimientos rápidos y bruscos, golpeaba mi cuerpo con el suyo
en cada embestida. Sin soltar mis muñecas se inclinó y me besó los labios, me mordió el
labio inferior y tiró de él con fuerza, hasta hacerme sangre. No había sentido dolor físico
asociado al sexo desde la última vez que follé con mi amado hijo, y casi había olvidado
lo maravilloso que era. No podía controlar mis gemidos ni jadeos, pero ya todo me daba
igual, sólo existíamos mi hijo, yo y la cama en la que follábamos.
Me soltó las muñecas y agarró mis pechos con fuerza, los sacó fuera del camisón y los
apretó, dejó mi labio sangrante y cogió mis pezones entre sus dientes, apretando mientras
tenía mi primer orgasmo de la noche. Mi hijo sintió mis convulsiones, mis gritos
contenidos y arreció en sus embestidas hasta correrse y descargarse dentro de mí. Su sudor
goteaba sobre mi cuerpo y su semen mojaba mis entrañas, mezclándose con mis jugos.
Se tumbó a mi lado, jadeando y sudando, llamándome "mamá" y "mi puta". Sudando yo
también y respirando entrecortada, le acaricié y lamí su polla, limpiando la leche que tanto
hacía que no probaba.
-Nos vamos a tener que poner al día, perra, ¿no crees?
-Quiero ser más perra que nunca para ti, mi vida. Este tiempo me he dado cuenta de lo
mucho que necesito que me trates cómo tú sabes.
-Te aseguro que volverás a ser mi puta, mamá, vamos a pasarlo muy bien tú y yo, zorra.
Por cierto, ¿qué tal está la tía?
-Me pregunta mucho por ti, quería que la visitaras en cuanto volvieras. Ahora necesito
ir al baño, tengo que orinar.
-Muy bien, pero quítate el camisón, ve desnuda, y no te limpies después de mear.
Fui hasta el baño desnuda, temiendo que mi marido se levantara en cualquier momento
para orinar o beber agua y me preguntara qué demonios hacía allí desnuda. Tuve suerte,
y volví con mi coño húmedo de pis a la habitación de mi hijo. Me tumbé y me empezó a
acariciar el coño con los dedos.
-¿Te ha excitado andar desnuda por la casa, mami?
-Sí, me excita mucho, pero es tan peligroso.
-Haré que vuelva a excitarte comportarte como una puta, que ames el peligro. ¿Eres
mía, puta?
-¡Sí, mi amor, completamente tuya!
Me metió los dedos en la boca y saboreé mi propia orina. Se deslizó entre mis piernas
y hundió la cara en mi coño mojado de pis, y con su lengua me provocó el segundo
orgasmo de la noche. Aquella noche tuve dos orgasmos más, y ya muy pronto por la
mañana, me deslicé fuera de su habitación y me metí en mi cama, sin que mi marido se
diera cuenta, seguía durmiendo tan tranquilo, totalmente ignorante de la sesión de sexo
que había pasado a escasos metros de donde se encontraba él. Tardé en dormirme, mi
corazón palpitando de pasión y lujuria, notando mi coño irritado, mi labio mordido y los
pechos doloridos, todo por lo que había suspirado desde hacía meses. Y de nuevo lo tenía
aquí. Estaba deseando ver qué tenía reservado mi hijo para mí, estaba deseando ser la
puta de mi propio hijo de nuevo.
Capítulo 9
No volvimos a estar juntos y solos hasta dos días después, hasta que pude escaparme
de nuevo de la cama de mi marido y colarme entre las sábanas de mi hijo. Tras meses de
mono, por fin tenía mi droga a mi disposición, y mi hijo lo sabía y estaba dispuesto a
aprovecharse de ello con todas las consecuencias.
El fin de semana se nos presentaba una oportunidad estupenda para estar solos, ya que
su padre tenía una cena con sus compañeros de golf a la que no asistirían las esposas. Se
lo comenté a mi hijo, pensando en tener una sesión de sexo tranquila en su cama, pero él
tenía otros planes para mí.
El sábado, en cuanto se marchó mi marido, me cogió de la muñeca y me llevó a su
habitación.
-Bien, puta, ha llegado la hora de vestirte como lo que eres.
Sacó de un cajón una caja envuelta con papel de regalo y me dijo que me lo había
comprado cuando estaba fuera, y que hoy era el momento perfecto para dármelo. Lo abrí
y vi que era un conjunto de vestido y sandalias. Lo cogí para observarlo, pero me pareció
exageradamente pequeño, aunque los zapatos sí eran de mi número.
-Creo que me va a quedar pequeño.
-Conozco tu talla perfectamente, zorra, te lo he comprado más pequeño a propósito.
Me ordenó que me quitara la ropa interior y que me lo pusiera. Como había intuido, era
pequeño, era un vestidito corto de verano, de tirantes, tan corto, que apenas me tapaba el
culo y tan ceñido que todas las curvas de mi cuerpo se marcaban completamente, los
tirantes eran apenas dos cordoncitos que sujetaban dos mínimos triángulos de tela que
apenas podían contener mis tetas. Me calcé las sandalias, a juego con el verde chillón del
vestido, y con unos tacones altísimos y me miré en el espejo. El efecto era increíble, me
había convertido en el mayor putón imaginable. Mi hijo se acercó por detrás para acariciar
mi culo y besarme la oreja.
-Eres la puta más deseable que he visto en mi vida, mamá. Píntate los labios fuerte y
estarás perfecta.
Me pinté con un rojo pasión, y me dispuse a disfrutar con mi hijo. Pero me extrañé
cuando vi que se había arreglado.
-¿Te vas?
-Sí, y tú te vas a venir conmigo. Quiero exhibir a mi puta por la calle.
Me quedé helada, no podía salir así vestida a la calle. Intenté razonar con él, pero fue
inútil, me cogió de la mano y salimos. Cuando pasamos de largo el coche, se lo dije, pero
me dijo que cogeríamos el metro para que me vieran bien, y que iríamos al centro a pasear
un rato. Caminábamos cogidos por la cintura, y sentía todas las miradas clavadas en mi
cuerpo; podía notar miles de ojos desnudándome con la mirada. Intentaba no mirar a los
hombres con los que nos cruzábamos, me sentía terriblemente avergonzada, pero eso era
lo que quería mi hijo, lo que le excitaba, ver a su madre degradada y humillada. En el
metro aún fue peor. Mi hijo me obligó a no bajar la mirada, y pude ver los ojos de deseo
y lujuria de todos los hombres que me miraban, me repasaban todo el cuerpo, dese la boca
hasta la punta de los pies. Mi hijo a veces me besaba y eso ponía más cachondos a los
hombres. Me hizo sentar y los situados justo frente a mí, no dieron crédito al ver que no
llevaba bragas y que mi coño se les ofrecía en todo su esplendor, recién depilado para
complacer a mi hijo.
No sé quién estaba disfrutando más, mi hijo o todos los hombres con los que nos
cruzábamos. La humillación que sentía era terrible, pero también la excitación, me sentía
completamente como una puta, pervertida y degradada, pero si nos viera algún conocido
me moriría de vergüenza. Paseamos por las calles oscuras y llenas de gente del centro,
sin ser consciente de que mi hijo me estaba guiando hacia las callejas donde se colocan
las putas en busca de clientes. Creo que lo había planeado todo desde el principio. Dimos
varias vueltas por la zona, dejando que el ambiente me embriagara. Nos paramos al llegar
a una fachada oscura y vacía
-Me vas a esperar aquí, ¿de acuerdo, puta? Tengo que hacer unas cosas, y quiero que
me esperes como una buena perra pegada a la pared.
-Es..estás seguro…¿crees que …es buena idea?
-Si acaso algún hombre te confunde con una prostituta y te hace proposiciones, ya sabes
lo que tienes que hacer, ¿verdad, puta?
Su tono de burla me humilló más todavía. No sólo me había vestido como una puta,
quería que me portara como una. Antes de poder decir nada se fue, dejándome allí sola,
temerosa de ese barrio y de todos los que pasaban por allí.
Varios hombres pasaron a mi lado, todos mirándome como habían hecho desde que
habíamos salido de casa, pero afortunadamente ninguno se paró ni me dijo nada. Estaba
rogando porque mi hijo se dejara de juegos y me llevara a casa de una vez para poder
follar tranquilamente, cuando un hombre se paró frente a mí. Era menor que yo, tendría
cerca de 30 años, con mucha barriga y bastante feo. Casi babeaba al mirarme, sus ojos
fijos en mis tetas. Empezó a hacerme preguntas vulgares y a alabar mi cuerpo, yo buscaba
con la mirada a mi hijo, pero no le veía por ningún lado, aunque sabía que desde algún
sitio me estaba observando, y que estaría disfrutando como un cabrón de la puta de su
madre. El hombre empezó a sobarme y me preguntó cuánto cobraba y le dije lo primero
que se me ocurrió, 30 euros, me agarró de la cintura y el baboso y yo entramos en el
primer hostal que encontramos.
Pagó la habitación, sonriendo por los guiños de complicidad que le lanzaba el
recepcionista y las miradas cargadas de lujuria que me lanzaba a mí. Entramos en la
habitación, un cuartucho sucio y desagradable, y nada más cerrar la puerta el baboso se
abalanzó sobre mí, sobándome todo el cuerpo; en un momento mis tetas estaban fuera del
vestido.
-¡Qué tetas tienes, puta, te las voy a comer enteras!
Cuando sus manos tocaron mi coño y descubrieron que no llevaba bragas, su lujuria se
desbordó, me subió el vestido hasta la cintura.
-Chúpamela sin condón, puta, quiero sentir tu boca en mi polla.
Tiró de mis hombros hacia abajo hasta ponerme de rodillas delante de él, se abrió el
pantalón y el olor fortísimo de su polla me llenó, se la sacó con la mano y la pasó por mis
labios. Abrí la boca y la engullí, envolviéndola con la lengua. El hombre, o mejor debería
decir mi cliente, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo enloquecido de
placer, mientras le hacía la mamada de su vida. Si mi hijo quería que me comportara como
una puta, le iba a demostrar que podía ser más puta que nadie.
Lamí toda su polla, sus huevos, incluso le lamí el culo, hasta dejarle en tal estado de
excitación que hasta se le nublaba la vista. Se apartó de mí temblando y se desnudó en
segundos, me quitó el vestido y me dijo que era hora de follar, que no aguantaba más.
-Pero me temo que no tengo condones.
-¿Ah no? Jaja. Entonces lo tendremos que hacer a pelo, ¿no crees, puta?
Y tumbándome sobre la cama se echó sobre mí, apuntando su erecta polla a mi coño.
La sentí entrar, deslizarse dentro de mí, le rodeé con mis piernas y empezamos a follar.
Se movía mal, de forma torpe y como con falta de experiencia, pero su forma de hablarme
y tratarme, la perversión de la situación, incluso la sucia habitación me excitaban
muchísimo, y me encontré disfrutando de aquel hombre desagradable, de mi cliente. Si
mi hijo pudiera verme, estaría orgulloso de su madre. Tras un rato de empujar sobre mí,
sintiendo el peso de su cuerpo en cada embestida, acabó corriéndose con un rugido
animal; sentí cómo su semen se esparcía dentro de mi coño, de mi mojado coño. Mi
cliente sudaba y gotas caían de su frente sobre mí, hasta babeaba de gusto. Dio un último
empujón y se separó de mí, se incorporó en el suelo, tambaleándose por el esfuerzo que
había hecho.
-¡Joder, puta! Ha sido el mejor polvo que he echado en años. Ojalá todas las putas
fueran tan calientes como tú.
Me dio un billete de 50 euros, diciendo que me lo había ganado. Se vistió y me preguntó
si solía estar siempre por esa zona, porque me buscaría más veces. Le sonreí y le dije que
me buscara. Se fue y me quedé tumbada como me había dejado, desnuda, acariciándome
suavemente el coño. Me lavé, me vestí, y salí a la calle. Mi hijo me esperaba apoyado en
la pared, fumando tranquilamente. Si alguna vez me había preguntado cómo se
comportaría un chulo con sus putas, ahora tenía la respuesta. Me sonrió burlón.
-Veo que lo has pasado bien, zorra. He visto a tu cliente salir hace un rato, ese gordo
llevaba una sonrisa de oreja a oreja, señal de que ha quedado satisfecho con su puta. ¿Y
cuánto has cobrado?
-Le pedí 30 euros, pero quedó tan contento que me dio 50.
-Bueno, tu primer sueldo, puta. Dime, ¿lo has pasado bien?
-Mucho, mi amor.
-¿Sabes?, ese gordo me ha dado envidia, anda, vamos a otro hotel, yo también quiero
disfrutar de una puta tan caliente como tú. Veamos si yo también quedo igual de
satisfecho.
Capítulo 10
Poco a poco las cosas volvieron a ser como antes, y mi vida volvió a estar dominada
y regida por los caprichos y deseos de mi hijo. Pero ahora me sentía más atada a él, como
si su ausencia los últimos meses hubiera hecho que mi dependencia sexual por él
aumentara hasta límites casi insoportables. Y ahora que por fin había regresado del
extranjero, quería que comprendiera que era suya en cuerpo y alma. Le buscaba en
cualquier momento, suspiraba por su contacto, por su cuerpo, por su boca, pero sobre
todo por su forma de tratarme. Me había dado cuenta que ya no podía vivir sin ser su
perra, su puta, su esclava.
Mi hijo volvió a dirigir y ordenar mi forma de vestir e incluso mi forma de
comportarme. De nuevo debía vestir como él deseaba, generalmente sin ropa interior,
siempre preparada para recibirle y aceptarle cuando a él le apeteciera, en casa, por la calle,
en cualquier sitio, incluso en mi propio trabajo, como ya pasó alguna vez. Pero se volvió
más cruel conmigo. Y además volvió a verse con su tía, mi cuñada; cada varios días iba
a su casa y muchas de las veces no volvía hasta el día siguiente. A su padre le decía que
se quedaba en casa de algún amigo, o que estaría con alguna chica, pero a mí me decía la
verdad, en toda su crudeza, que se iba con la tía y que se pasarían toda la noche follando.
Y yo sentía celos, unos celos terribles, y mi hijo me decía dónde iba sonriendo malicioso,
sabiendo que me humillaba.
Una tarde fui a casa de la tía, pensando que la encontraría sola, pues estaba convencida
de que mi hijo estaba con sus amigos, quería hablar con ella. Me abrió la puerta y la
contemplé sorprendida, estaba medio desnuda. Ya he contado que es la hermana de mi
marido y que pese a haber tenido cuatro hijos se conserva estupendamente, con un cuerpo
grande y exuberante, y sé que desde que se divorció y sus hijos se fueron a vivir cada uno
por su lado, y especialmente desde que descubrió las dotes sexuales de mi hijo, su lujuria
es enorme, rivalizando en todo momento conmigo por la atención de mi hijo. La miré de
arriba abajo, llevaba sólo una bata larga semitransparente y unas sandalias de tacón muy
alto, nada más; no llevaba la bata abrochada y sus enormes pechos asomaban bajo ella,
quedando al descubierto todo el centro de su cuerpo, su ombligo y su pubis depilado, su
coño, que parecía húmedo y sus muslos.
-¡Cariño, qué sorpresa tan agradable, pasa!
Dudé pues parecía que la había interrumpido, parecía claro que estaba con algún
hombre, pero antes de que pudiera disculparme me cogió del brazo y me hizo pasar al
salón. Se sentó con las piernas cruzadas, apartándose la bata y mostrándome sus
monumentales piernas y sus gruesos muslos. Siempre le había gustado provocarme e
incitarme. Y yo reconozco que su cuerpo siempre me ha atraído, a pesar de no
considerarme lesbiana, ni siquiera bisexual.
-Venía a hablar un rato contigo, pero me parece que te he pillado un poco "ocupada".
-Pues sí, reina, la verdad es que ahora mismo estoy "ocupada", como tú dices, pero no
te preocupes, habíamos decidido tomarnos un pequeño descanso, así que podemos
tomarnos una copa tú y yo tranquilamente.
Sirvió dos copas y sacó un paquete de cigarrillos, se sentó otra vez acariciándose el
cuerpo suavemente mientras hablábamos, con toda la intención de ponerme nerviosa. En
eso oí pisadas que se acercaban desde su dormitorio y cuando levanté la vista vi a mi hijo
completamente desnudo que se acercaba a nosotras.
-Hola mamá, qué placer tan inesperado.
Su polla estaba relajada y se bamboleaba como un péndulo al caminar, estaba relajada,
pero su tamaño era de todas maneras considerable, y me costaba apartar la vista de ese
pedazo de carne tan maravilloso y sabroso. Se sentó en el borde del sofá, en el
apoyabrazos, rodeando con un brazo a su tía y acariciando uno de sus pechos.
-A la tía le gusta verme desnudo en todo momento cuando estoy en su casa.
-Sí, y a su vez, a tu hijo le encanta que yo esté siempre desnuda, o sólo vestida con
tacones muy altos o con esta bata semitransparente que me regaló. Le gusta que lo haga
todo desnuda delante de él.
Mi hijo se inclinó y besó con lujuria la boca de su tía con los ojos abiertos mirándome
a mí, mientras ella acariciaba su muslo y subía la mano hacia su miembro.
-¿Quieres quedarte, mamá? – Y se fue a la cocina a beber algo.
-Tú hijo me vuelve loca, ¿sabes, cariño? Justo antes de que llegaras acababa de
provocarme un orgasmo increíble, usando sólo su lengua en mi coño.
Me hablaba sensual, la bata resbalando de su hombro, los ojos fijos en los míos. Mi
hijo volvió y se sentó a mi lado, acariciándome los pechos por encima de la blusa.
-Tía, quítate la bata, que te vea el cuerpo mi madre.
Mi hijo se inclinó sobre mí y me lamió la cara con toda la lengua al tiempo que me
desabrochaba los botones de la blusa. La tía me acariciaba las piernas con sus pies.
-Hacía mucho que no os veíais así las dos, ¿verdad?, y yo estaba deseando teneros a las
dos juntas para mí. Dime, tía, ¿qué deberíamos hacer con la puta de mi mamá?
Me había abierto la blusa y bajado las copas del sujetador hasta tener entre sus dedos
mis pezones. –Deberíamos desnudarla y follarla entre los dos, hace mucho que no disfruto
de la zorra de tu madre.
Mi hijo se levantó de un salto y cogiéndome de la mano me llevó al dormitorio de su
tía; ella nos seguía detrás. Entre los dos me quitaron la blusa y el sujetador casi con
violencia, me bajaron la falda y me tumbaron en la cama. Mi hijo se tumbó sobre mi
estómago, sujetándome las muñecas con sus fuertes manos, mientras la tía se tumbaba a
mi lado acariciando mi cuerpo. Ese día estaba tan convencida de que mi hijo estaba con
sus amigos y no en casa de su tía, que cometí el error de no vestirme como él me ordenaba,
y como hacía un poco de fresco había decidido ponerme bragas y panties. La tía me
acariciaba los panties y mi hijo me miraba enfadado. Con una velocidad enorme me soltó
una de las muñecas y me dio una bofetada violenta en la cara.
-Creía haberte dejado muy claro cómo debías vestir, puta asquerosa, y creo que los
panties y la ropa interior no entraban dentro de esas normas.
Sin que tuviera tiempo de disculparme, la tía se sentó sobre mi cara aplastando su coño
contra mi cara. Me sentía sofocada, pero no tenía más remedio que sacar la lengua y
lamerla el coño. Mi hijo mientras se levantó de mí, se deslizó por mis piernas y me quitó
los zapatos; me arrancó con furia los panties y las bragas y las rasgó por completo, me
levantó las piernas y me la clavó de un solo golpe en el coño. Los dos se movían hiper
excitados sobre mí, casi con rabia. Tardaron poco en correrse, mi hijo en mi coño y la tía
en mi boca.
-Habría que castigarla por haberte desobedecido, ¿no crees, mi amor?
-Sí, tía, tienes razón, mamá merece un escarmiento.
La tía se levantó y fue a un cajón del que sacó un consolador enorme sujeto a unas
correas, se lo ató a la cintura y se colocó de rodillas donde me había follado mi hijo; éste
volvió a sentarse sobre mi estómago para sujetarme las manos. La tía me levantó las
piernas como había hecho antes mi hijo, pero sacándome más el culo, yo les dije que ese
consolador era demasiado grande, pero mi hijo empezó a darme pequeños cachetes en la
cara, mientras me decía que había sido una mala mamá y que merecía un castigo y un
escarmiento; los cachetes no eran fuertes, no eran violentos, pero no dejaba de dármelos
y pronto mi cara estuvo completamente roja y empezó a dolerme, cuando noté la punta
del consolador en la entrada de mi ano.
Quizá por la tensión, por los cachetes o por la humillación, pero mis ojos se llenaron
de lágrimas, mi hijo sonrió cruel y la tía dio un empujón seco y fuerte para empalarme.
Grité, lloré, y mi hijo siguió dándome cachetes, y mi tía me follaba con ese gigantesco
consolador mientras me llamaba puta y mil cosas más. La saliva de mi hijo caía sobre
toda mi cara, sobre mi boca abierta, unas veces la dejaba caer, otras me escupía con fuerza,
mientras la tía me destrozaba el culo, sin ninguna compasión, sin preocuparla que pudiera
hacerme daño o me pudiera estar desgarrando. Cuando se cansó se salió de mí,
tumbándose sudando y jadeando por el esfuerzo; mi hijo se echó sobre ella y follaron
gritando de placer a mi lado, mientras me recuperaba y me acariciaba el ano totalmente
irritado y dolorido y me hacían chupar el consolador manchado de mi ano. Me sentía
humillada por como me habían tratado, sentía que no había sido más que un juguete en
manos de mi hijo y su tía. Pero aún quedaba lo peor. Cuando hubieron descansado y
tomado otra copa a mi lado, como si yo no existiera, se levantaron, se acuclillaron sobre
mí uno enfrente del otro, besándose, y empezaron a mear sobre mí. Los chorros de pis
caliente se derramaban por todo mi cuerpo, empapándome, empapando las sábanas,
llegando a mi cara, mi pelo, entrando en mi coño. El olor pronto fue sofocante. Se
levantaron cuando terminaron y se fueron a lavarse, dejándome allí, empapada, escocida
y humillada.
Al rato mi hijo volvió y me dijo que se quedaría esa noche en casa de la tía, llevaba mi
ropa en la mano, y cogía de la cintura a su tía, acariciándola las nalgas.
-Me gustaría quedarme a solas con mi tía, mamá, es mejor que te vayas a casa. Toma
tu ropa y vístete, pero tu ropa interior, aparte de que te la he rasgado, no quiero que te la
pongas, ni el sujetador.
Me dejó que me lavara y me vestí. Salí al salón donde estaban los dos desnudos
fumando y bebiendo. –Falta un detalle, mamá. – Se levantó y arrancó todos los botones
de mi blusa. –Así estás más puta, ¿no crees, mamá? – Me fui de allí intentando taparme
las tetas como podía, lo cual sin botones con los que abrochar la blusa era realmente
difícil, y dejé a mi hijo y su tía desnudos besándose y acariciándose en el sofá; la tía me
despidió con una mirada burlona mientras se comía a mi hijo.
Capítulo 11
Un día salimos mi hijo y yo a dar un paseo. Me había vestido con una falda corta y
una camiseta ceñida, unos zapatos de tacón sin medias; por supuesto no llevaba ropa
interior, no quería volver a fallar a mi hijo en ese aspecto. Paseábamos por la calle como
si fuéramos una pareja, agarrados de la cintura, su mano deslizándose por mis nalgas.
Algunas personas nos miraban conscientes de la evidente diferencia de edades entre los
dos, muchos envidiaban a mi hijo y la mayoría admiraba mi cuerpo. ¡Me sentía tan a gusto
con él, sabiendo que yo era suya, que era su puta! Sólo una cosa nos dividía: me
aterrorizaba que alguien conocido pudiera vernos y se descubriera nuestra relación, a él
en cambio era eso precisamente lo que más le excitaba, el riesgo, el peligro, el morbo.
-¿No crees que podríamos comprarte algunas prendas sexis, mami? Algo de lencería
apropiada para una puta como tú, ¿qué te parece?
Me lo dijo susurrándomelo al oído, sacando la lengua y metiéndola en mi oreja, con su
mano debajo de mi falda apretándome las nalgas, en medio de una de las calles más
céntricas y concurridas de la ciudad. Ya he mencionado que me quería siempre sin ropa
interior, pero por supuesto algunas veces le gustaba que me vistiera lo más provocativa
posible, sobre todo si estábamos solos, con la lencería más sexi y provocativa, y le
encantaba elegirla para mí y comprármela. Me giré y le besé en la boca.
-Es una idea estupenda, mi amor.
Nos cogimos de la mano y entramos en una de las tiendas de ropa interior de moda que
hay en el barrio comercial. Estuvimos un buen rato mirando distintas prendas: braguitas,
sujetadores, ligueros, medias, corsés. Todo era maravilloso, me sentía como una niña en
una juguetería o en una tienda de golosinas. Lo miraba y tocaba todo. La suavidad de las
prendas, su textura, incluso el aroma a ropa nueva me gustaba. Una dependienta muy
joven y guapa se acercó a nosotros.
-Hola, si puedo ayudarles en algo, no tienen más que decírmelo.
Mi hijo la echó una mirada de las suyas, con la que podría derretir a cualquier hembra,
y se puso a flirtear descaradamente con ella.
-Estábamos buscando algunas cosas un poco especiales.
La chica se dirigió hacia mí y me llevó a una mesa donde había varias prendas
exhibidas.
-Estos conjuntos negros y rojos con encajes son muy sexis y delicados, estoy segura
que a su…novio… le encantarán.
Cuando dijo la palabra "novio" quise en seguida replicar que se había confundido, pero
me lo pensé mejor, pues explicar que en realidad era mi hijo sería todavía peor.
-Sí, mi novio, claro…sí, a mi novio le gustará mucho.
Mi hijo nos estaba oyendo, pero disimulaba mirando otras prendas a unos pasos de
nosotros. Al final llevaba en las manos un montón de prendas diferentes de todo tipo y la
pregunté si podía probarme algunas; me indicó uno de los probadores del fondo y me
dirigí allí. Me entretuve un momento haciendo que miraba las prendas para escuchar la
conversación entre mi hijo y la dependienta.
-¿Hay algún inconveniente si voy al probador con ella?
-Bueno, no permitimos normalmente que los hombres acompañen a sus parejas a los
probadores, y menos si son tan guapos como tú…no queremos que nadie se queje de
ruidos extraños en las cabinas, ¿verdad?
La chica le guiñó un ojo pícaramente a mi hijo, que exhibía su más encantadora sonrisa,
mirando su escote con todo el descaro del mundo.
-Seguro que tú ya has hecho alguna cosita en alguno de esos probadores, ¿a que sí,
preciosa?
-Mmmm…si no estuvieras con esa novia tuya tan mayor, te diría que vinieras a verme
a la hora de cerrar.
-Por eso no te preocupes, es mi madre, y cuando cierres me tendrás aquí para que me
enseñes cómo son de cómodos esos probadores.
La dependienta se puso colorada y sonrió pícaramente.
-¿Tu madre?, perdona, no lo había imaginado…es que no es normal que un hijo
acompañe a su mamá a comprar lencería, no es algo que se suela ver…pero supongo que
tu mamá tiene mucha suerte…
-Mi madre y yo tenemos una relación muy especial y estrecha, y me gusta que esté
guapa, por fuera… y por dentro.
Las insinuaciones e indirectas eran más de lo que podía soportar y suplicaba porque
dejaran de hablar de nosotros.
-Desde luego tu mami viste de lo más provocativo… ¡y no lleva sujetador!, pero ya que
como dices, es tu mamá, te dejo que la acompañes al probador.
Mi hijo la echó una última mirada al provocativo escote, la guiñó un ojo y me miró.
Me metí en el probador dejándole aún un poco más hablando con la dependienta. Me
desnudé y me puse uno de los conjuntos que había escogido, uno formado por braguita y
sujetador negros de encaje, pequeños, muy delicados y excitantes. Mi hijo entró en ese
momento, cerró la puerta, me abrazó y empezó a besarme con lujuria. Yo me dejé llevar,
estaba excitada, quería hacerlo allí, en un lugar público, con el riesgo de que nos oyera
todo el mundo y nos descubrieran.
-Me gusta el conjunto que has elegido, mamá, me pone.
Se bajó los pantalones y los calzoncillos y se puso a frotar su polla contra las braguitas
nuevas hasta que en pocos segundos se puso como el acero de dura. Me arrodillé, la
acaricié entre mis manos, la froté contra mis pechos y mis pezones, y me la metí en la
boca.
-Eso es, puta, cómemela como tú sabes. Vamos, mamá, sé muy zorra.
Se la mamaba mirándole a los ojos, como a él le gusta, acariciándole el interior de los
muslos y los huevos. Mi hijo se echó atrás, apoyándose con fuerza contra la puerta del
probador.
-¡Puta, eres la mejor mamando pollas! ¡Perra, no pares!
Una dependienta nos preguntó si todo estaba bien, y entre jadeos contenidos mi hijo la
dijo que sí, que todo estaba bien y que no pasaba nada. Me levanté y pegué la espalda
contra la pared, me quité las braguitas nuevas pero me dejé el sujetador, precioso, con la
copa baja, y que realzaba mis pechos de una manera increíble; mi hijo se pegó a mí y me
penetró. A los pocos minutos le había rodeado con mis piernas y él me sujetaba con las
manos, en vilo, su boca lamiendo, babeando y mordiendo mis tetas, mis pezones, mi boca,
mis labios; ya no podíamos evitar los ruidos en el probador, que crujía y se agitaba con
los envites de mi hijo, y los gemidos y jadeos nos costaba un mundo sofocarlos y
disimularlos.
-¡Vamos, cabrón, reviéntame!
-¿Cómo puedes estar siempre tan mojada, hija de puta? Eres como una perra en celo.
-¡Sí, mi vida, mi amor, tu perra! ¡Vamos, cabrón, lléname de leche! ¡Dale tu leche a tu
perra!
Mi hijo empujaba y empujaba, más y más fuerte, hasta que arrimándose mucho a mí y
pegando su boca a la mía, se corrió dentro de mí. Gracias a que su boca tapaba la mía no
pude soltar el grito de satisfacción que deseaba y que habría retumbado en toda la tienda.
Cuando mi hijo por fin se relajo, tras derramar todo su semen en mi interior, y la
adrenalina se le fue pasando, se separó de mí, dejando que me recuperara lentamente. Me
vestí, nos arreglamos la ropa y cogí todas las prendas que ni siquiera me había probado.
Cuando salimos la dependienta que nos había atendido nos miraba de hito en hito, sin
saber muy bien cómo reaccionar, evidentemente sospechando pero sin estar segura.
-Bueno, espero que las prendas le gusten y le sienten bien.
-Sí, todas son perfectas, muchas gracias. ¡Uff!, ¡qué calor hacía ahí dentro, estoy
empapada!
Mi hijo pagó y le susurró a la chica que volvería a la hora de cerrar, despidiéndose con
un guiño. Según salíamos, algunas clientas nos miraban de reojo y una pareja cuchicheó
algo al pasar a su lado. Cuando estuvimos en la calle me agarré del brazo de mi hijo y le
besé en la boca con ganas.
-¿Por qué no nos vamos a algún hostal tranquilo y me pruebo toda esta ropita tan
maravillosa, mi vida?
Capítulo 12
La degeneración de mi hijo iba en aumento, sus perversiones cada vez eran mayores,
y yo no era más que un juguete con el que jugar y experimentar. Pero me daba igual, mi
dependencia hacia él era total.
Aquel día sabía que mi hijo preparaba algo nuevo para mí, podía sentirlo, pero no sabía
de qué se trataba. Era domingo y después de comer mi marido se fue a echar su partida
de cartas con sus amigos. Mi hijo vino a mí y me dijo que me vistiera, que íbamos a salir.
Me vestí muy sugerente y provocativa, sin tener ni idea de cuál sería el plan pervertido
que mi hijo tenía reservado para mí. Me puse unas medias negras y un vestido verde muy
ceñido, sin ropa interior excepto las medias, y unas sandalias muy altas de tiras. Salimos
a la calle, mi hijo llevándome de la cintura y yo sintiéndome su puta, como siempre. Me
llevó por muchas calles y subimos a un autobús; casi nunca coge el coche cuando salimos
él y yo porque lo que le gusta es exhibirme por las calles, que los hombres me miren, y
hacerme sentir como una puta; y disfruta muchísimo exhibiendo a su madre en los
transportes públicos, como ese día en el autobús. Veía la mirada y la sonrisa de placer de
mi hijo mientras contemplaba cómo era devorada con la mirada por el resto de pasajeros
del autobús, cómo miraban mis grandes pechos constreñidos por la ceñida y ligera tela
del vestido, y mis pezones duros y resaltándose claramente; mis muslos, que al sentarme
remangándome el vestido dejaban al descubierto el final de mis medias, y todos los
hombres disimuladamente no les quitaban ojo.
Bajamos en la parada que me indicó mi hijo y ya en la calle me cogió de nuevo de la
cintura y me susurró lo puta que era por dar ese espectáculo en el bus. Sabe que visto y
me exhibo así por que él me lo ordena, porque me lo pide, sabe que lo hago sólo por él,
pero aún así le encanta humillarme como si la idea hubiera sido completamente mía.
-Eres una grandísima puta, mamá, he visto cómo disfrutabas exhibiéndote en el bus.
¿Pero sabes que?, el que más ha disfrutado viéndote comportarte como una puta he sido
yo.
Seguimos andando un poco más hasta que llegamos el edificio al que se dirigía mi hijo.
Entramos y subimos hasta la cuarta planta. Me dijo que iba a presentarme a un amigo
suyo. No era la primera vez ni mucho menos que me ofrecía a sus amigos para que me
follaran, pero algo en su voz me indicaba que esta vez se trataba de algo muy diferente,
pero no me imaginaba qué podía ser. Nos abrió el amigo de mi hijo, un chico un poco
mayor que él, alto y moreno, llamado José; me miró sonriendo y relamiéndose los labios,
repasándome todo el cuerpo, y nos hizo pasar al salón.
-¿Así que esta es tu madre? ¡Joder, no creía que estuviera tan buena!
Mi hijo se había sentado en un sillón y yo estaba de pie en medio del salón. Su amigo
se acercó por detrás, me abrazó y me empezó a sobar las tetas con sus enormes manos.
-Tu hijo me ha hablado mucho de ti, zorrita, pero no te hacía justicia. Lo vamos a pasar
muy bien, tenemos una sorpresa reservada para ti, estoy seguro de que te va a encantar.
Me besaba el cuello sin dejar de hablarme y sus manos me subieron el vestido hasta
dejar mi coño al aire.
-Sé que eres una puta que hace todo lo que le ordena su hijo, y que te follas a cualquiera
si tu hijo lo exige. Pues hoy vamos a saturar tus agujeros de leche, perra.
Me quitó el vestido y me dejó desnuda, con mi hijo cómodamente sentado y fumando.
-Puedes dejarte puestas las medias y los zapatos, así pareces más puta, pero quiero que
te pongas a cuatro patas y me esperes un momento, ahora vuelvo.
Me arrodillé y me puse a cuatro patas, como me habían indicado, sobre una alfombra
muy suave y mullida, mientras él abría una puerta y desaparecía en el interior del piso.
Mi hijo me miró y me dijo: -Vas a hacer todo lo que te ordenen, puta, y vas a hacerme
sentir muy orgulloso de ti, zorra., ¿a que sí, mamá? – Sonreí y le dije que sí, de rodillas,
como una perra. Y entonces volvió su amigo. No le veía pues estaba a mi espalda, y lo
primero que oí fue el ladrido.
De repente me encontré con un perro enorme, mucho más alto que yo en la postura en
la que estaba, moviéndose a mi alrededor muy excitado, con la lenga fuera respirando
muy agitado y oliéndome sin parar. Me quedé petrificada, comprendiendo en ese instante
que esa era la sorpresa que me reservaba mi hijo. Le miré y tenía una sonrisa enorme de
placer en la cara. ¡Dios mío, quería ver a su propia madre follada por un perro! Como si
me hubiera leído el pensamiento, me dijo:
-Eres una perra, mamá, es lógico que te folle un perro, ¿no crees? Quiero que lo
disfrutes, mamá, ya verás como después me lo agradeces.
El amigo de mi hijo cogió al perro y lo llevó detrás de mí para que me oliera, se pegó
a mí y metió el hocico dentro de mi culo y mi coño. El perro se movía frenético,
excitándose con mi olor, sentía su hocico en mi piel y estaba asustada, pero al mismo
tiempo me sentía yo también excitada, es posible que con esto mi hijo hubiera llegado al
límite de nuestras perversiones, ya no sólo era su puta, era su perra, un animal y verme
follada por otro animal era lo máximo. Llevaron al perro delante de mí y se puso a
lamerme la cara, su lengua grande y mojada me empapaba la cara, yo cerré los ojos y la
boca con fuerza sintiendo su saliva animal impregnarme toda la cara.
-Abre los ojos, perra, y mira a los ojos a Sultán, mira el amor que hay en sus ojos. Y
abre la boca y bésale.
Lo que más me humillaba no era estar allí a cuatro patas siendo lamida por un perro,
sino sentir a mi hijo y su amigo contemplándome; pero no se burlaban de mí, disfrutaban
y querían llevar a la práctica lo que sólo habían visto en películas, y yo estaba decidida a
complacerles y complacerme a mí misma. Abrí los ojos y miré al perro; su enorme cabeza
junto a mí, lamiéndome, me pareció enorme, me dijeron que era un pastor alemán, aunque
yo no entendía mucho de perros. Abrí la boca y saqué la lengua, y Sultán, como si lo
hubiera estado esperando, empezó a lamerme con fuerza la boca, chupé su lengua, cerré
nuevamente los ojos, y fue como si nos besáramos, tragué su saliva, y debería haber
sentido repugnancia, pero sólo sentía lujuria, sentía su lengua dentro de mi boca, incluso
llegué a lamer sus dientes, pero no me mordió ni hizo ningún amago violento, era un perro
muy bueno que sólo quería sexo de su perrita. Sultán se retiró de mi cara y abrí los ojos.
Tenía de frente a mi hijo, que me miraba extasiado, con la boca medio abierta,
acariciándose el bulto enorme que se insinuaba en su pantalón, maravillado por ver a su
madre convertida en la más puta y degenerada de las hembras, con la cara reluciendo de
babas y la boca goteando saliva de perro, las grandes tetas colgando y sonriendo de
satisfacción.
El perro se puso entonces a lamerme el culo y el coño. El amigo de mi hijo, mientras
Sultán me lamía la cara, me había untado por detrás con algún tipo de crema, mermelada
o algo así, algo que al perro le gustaba lamer y comer. Su lengua me lamía con fricción,
con violencia, me sentía cada vez más mojada, por sus babas y por mis fluidos. Yo gemía
y suspiraba de placer, sin dejar de mirar a mi hijo, que sin poder contenerse más, se había
sacado la polla del pantalón y se la acariciaba suavemente, mirándome a su vez a los ojos.
Nunca me habían lamido el coño como lo hacía el perro, era increíble, sentía un placer
infinito, pero José lo apartó de mí, dejándome gimiendo que por favor no parara.
-Sultán te está poniendo a tope, ¿eh, puta?
-¡Por favor, no dejes que pare!
-Suplícalo, zorra.
-¡Te lo suplico, deja que siga lamiéndome! ¡Soy su perra, deja que goce de mí!
Su lengua y toda la situación en la que me encontraba me habían sumido en un estado
tal de excitación, que dije esto casi llorando. Sultán volvió a pegar su hocico a mi coño y
su lengua siguió lamiéndome con furia, ya no quedaba crema, ahora ya sólo disfrutaba
del sabor de mi coño y le encantaba mi sabor, y mi olor, y cuando jadeando como una
perra en celo me corrí, siguió lamiendo sin parar, bebiendo todos mis jugos.
Con las piernas temblándome por el orgasmo tan violento que había tenido, me colocó
de nuevo a Sultán delante de mí. Acercó al perro a mi cara pero no la cabeza, sino la cola,
para que lo oliera, se la levantó y acerqué la cara a su culo, tenía un olor muy fuerte y me
dio asco, pero me sentía enfebrecida y acercando la boca le di varios lametazos. Me fijé
en su polla, que era lo que ellos querían, era muy grande y larga, roja, me acerqué y la
olí, su olor tan fuerte y desagradable me embriagó; sin dejar de apoyar las manos en el
suelo, abrí la boca y empecé a chupársela.
-¡Mira cómo se la chupa la puta de tu madre!
-Mi madre ya entiende que es una perra, ha nacido para ser una puta y hacer todo lo
que yo quiera.
Todos comprobamos que a Sultán le volvió loco que se la chupara. José tenía que
sujetarlo con fuerza, de lo excitado que estaba el animal, mientras yo chupaba y disfrutaba
como una perra de aquella polla, tan extraña y diferente a las que estaba acostumbrada,
por su textura, su olor, su sabor.
Cuando el perro ya no pudo más de excitación y a José le costaba cada vez más
controlarlo, lo llevó detrás de mí. Había llegado el momento de que me follara. José
preguntó si me cubrían con algo la espalda, pero mi hijo dijo que no, que sintiera las
garras de Sultán en mi carne. José ayudó al perro a erguirse sobre sus patas delanteras, lo
que no le costó mucho esfuerzo, pues estaba como loco por follarme. Sultán apoyó las
patas en mi espalda, clavándome las garras en la piel. José le cogió la polla y la dirigió a
mi coño, le metió la punta y le soltó. Contuve la respiración al sentir su enorme polla
rozando mi coño y cómo José la apuntaba a mi interior, mirando a mi hijo masturbarse
con más fuerza mientras observaba a su madre completamente borracho de lujuria. José
soltó a Sultán y la polla entró de golpe, en toda su longitud, haciendo que gritara sin poder
controlarme. El perro empezó a follarme, como lo hacen los perros, con unos
movimientos violentos y agresivos, dando golpes secos según su polla entraba y salía de
mi coño, sus garras arañándome y clavándose en mi piel.
El dolor era enorme, lo intentaba, pero no podía evitar gritar, era como si me estuvieran
desgarrando el coño; el perro no era consciente de la forma tan brutal en la que me estaba
follando, yo no era más que una perra a la que follar con un agujero en el que desahogarse
y descargarse. El peso del animal era enorme y sus garras me hacían sangrar la espalda.
Entonces sus patas resbalaron de mi espalda y quedó tumbado sobre mí, sin dejar de
follarme brutalmente. Conseguí aguantar con las rodillas y las palmas de las manos
firmemente afirmadas en el suelo, gritando como una loca y jadeando de placer. Habría
suplicado que lo separaran de mí, que no aguantaba más, pero al mismo tiempo no
deseaba que aquello terminara nunca y empapé su polla con mis jugos al correrme.
-¡Joder!, ¡la está follando como si fuera una perra de verdad!
Me daba unos golpes tan fuertes que parecía que su polla entrara cada vez más y más
dentro de mí, hasta llegar a mis mismas entrañas. Mi hijo y su amigo no paraban de hacer
comentarios y eso me calentaba todavía más.
-Vamos, mamá, demuéstrale a Sultán lo buena perrita que eres.
-A Sultán le encanta, está como loco, nunca le había visto gozar tanto con una perra.
Entonces su polla se hincho dentro de mí y quedamos los dos pegados. No puedo
describir lo que sentí al tener ese trozo de carne enorme dentro de mi coño, era un placer
indescriptible, pero al mismo tiempo me daba miedo que sacara la polla de golpe y me
desgarrara. Mi hijo y José nos miraban embobados, casi como en trance, gozando al límite
de la experiencia que contemplaban sus ojos, mi hijo ya se había corrido, pero su polla
seguía erecta y él seguía masturbándose mirándome hipnotizado.
Por un momento Sultán dejó de moverse y yo me quedé jadeando, sintiendo con placer
su polla dentro de mí, y entonces dio un empujón muy violento y se corrió. Su semen
empezó a extenderse por mi interior, chorros y chorros de líquido caliente. Mi coño se
saturaba, salían hilos de leche por los bordes que resbalaban por mis muslos. La sensación
fue tan fantástica que tuve un nuevo orgasmo, casi al mismo tiempo que mi hijo se corría
por segunda vez casi consecutiva. Mi hijo veía en mi cara el placer que sentía y lo puta
que era.
No sé cuántos minutos más estuvimos pegados Sultán y yo, hasta que por fin la bola se
le quitó, se relajó y se salió de mí. Su polla chorreaba semen al igual que mi coño. Me
moví a cuatro patas como la perra en la que me había convertido, con el coño totalmente
irritado, me acerqué a mi perro, le acaricié con ternura y chupé su polla para tragar los
restos de leche. Cuando terminé José se llevó al perro y dejaron que me vistiera, aunque
mi hijo no dejó que me lavara, quería que volviera a casa goteando semen de perro y
oliendo a sexo, seguro que volvería locos a todos los perros con los que nos cruzásemos
en el camino de vuelta. Me ayudaron a vestirme con delicadeza, pues me costaba
mantener el equilibrio por tanto rato que había pasado a cuatro patas, porque tenía el coño
super irritado y escocido, y porque tenía la espalda llena de arañazos; confiaba en que mi
marido no me viera la espalda. Mi hijo y su amigo estaban más que satisfechos del
espectáculo que les había brindado y así me lo expresaron, nos despedimos y mi hijo me
llevó a casa, pensando por el camino, seguramente, en nuevas perversiones que practicar
con su madre.
Capítulo 13
Algo había cambiado en mi hijo. Algo había pasado durante su estancia en el
extranjero. Se había vuelto más cruel, más salvaje, más degenerado que nunca. Me había
convertido en su puta con todas las consecuencias, y estaba dispuesto a cumplir todas sus
perversiones conmigo. Se estaba volviendo cada vez más degenerado y yo ya sólo era
algo con lo que experimentar y con lo que llevar hasta el límite sus perversas fantasías,
como el día que me hizo follar con un perro. Me di cuenta de que ya no le importaban las
consecuencias de sus actos, y eso empezó a preocuparme mucho, pero mi dependencia
sexual hacia él era tan grande que me era imposible revelarme, y sólo temía cómo acabaría
todo aquello.
Cada vez le importaba menos que pudieran vernos besándonos o tocándonos en
público, como si ya sólo hubiera una cosa en el mundo que le excitara: el riesgo de que
nos descubrieran. Y entonces los acontecimientos empezaron a precipitarse con una gran
rapidez.
Recuerdo perfectamente, como si hubiera sido ayer mismo, el día en que mi hijo se
volvió completamente loco; todo lo que le había permitido hacer conmigo, convertirme
en su fiel y sumisa puta para que practicara conmigo todas sus perversiones, le acabó
desbordando, la realidad y sus consecuencias dejaron de tener sentido para nosotros y yo
me vi arrastrada a su locura.
Todo empezó un jueves por la mañana. Mi hijo se presentó en mi trabajo sin avisar,
como era su costumbre desde que me convertí en su puta. Ya he contado alguna vez cómo
le gustaba presentarse en mi despacho y follarme, con el riesgo y el morbo de que mi
secretaria o cualquier compañero pudieran descubrirnos. Pero eran precisamente ese
riesgo y ese morbo lo que nos volvía locos a los dos, y lo que nos hacía arriesgarnos en
situaciones cada vez más y más comprometidas. Todos en mi oficina le conocían y le
consideraban el más educado y simpático de los hijos. Era una de las cualidades de mi
hijo: un modelo de conducta con los extraños y un degenerado en la intimidad conmigo.
Ese día entró en mi despacho como otras veces, tras saludar a mi secretaria, y cerró la
puerta. Rodeó mi mesa y se acercó a mi asiento para comprobar que no llevara ropa
interior. Satisfecho se sentó en mi mesa, justo delante de mí. Mi despacho tiene unos
grandes ventanales justo detrás de mi silla, con la vista de otros edificios de oficinas.
-Desnúdate, mamá.
Esa vez no podíamos hacerlo, había una reunión programada para un rato después justo
allí en mi despacho, y aparte, en cualquier momento podía entrar alguien para consultar
algo. Se lo expliqué, intenté razonar con él, pero me miró con sus profundos ojos de hielo
y me habló con una voz más seria, casi irritada.
-¡Desnúdate, puta!
Lentamente me levanté y me quité la blusa, mostrándole mis grandes pechos. Amasó
con las manos mis pezones hasta ponerlos duros.
-¿Es que no me deseas, zorra?
-Sabes que sí, mi vida, pero puede entrar alguien en cualquier momento, compréndelo,
esta noche dejaré a tu padre durmiendo e iré a tu cama y haremos todo lo que tú quieras,
pero ahora no, por favor.
-¡He dicho que te desnudes, puta, no te lo repetiré!
Su tono me dejó helada, siempre me había tratado como a una puta, y me encantaba,
pero esta vez me hablaba diferente, y casi me dio miedo, pero no pude resistirme, y me
quité la falda y los zapatos, quedando desnuda de espaldas al ventanal y a las cientos de
ventanas de los edificios enfrente. Él se había desabrochado el pantalón y había sacado
su maravillosa polla, que ya estaba casi erecta.
-Ahora agáchate y haz lo que mejor sabes hacer, puta.
Me agaché, poniéndome de cuclillas y le empecé a chupar la polla. Ya no había
solución, estaba desnuda, en mi despacho, a los pies de mi hijo mamándole la polla, en
un día normal de trabajo, por la mañana, con la oficina frenética de empleados y
directivos, y ya no podía pensar en las terribles consecuencias de que alguien abriera la
puerta, sólo tenía ojos para la polla que estaba chupando con gula. En ese momento la
puerta se abrió y se asomó mi secretaria. La puerta de mi despacho está situada justo
enfrente de mi mesa y del ventanal, y por lo tanto el cuerpo de mi hijo tapaba mi silla y
mi cuerpo, que además quedaba oculto bajo mi escritorio. Mi secretaria, una mujer de
más de 50 años, que llevaba casi toda su vida trabajando para mí, y que apreciaba
muchísimo a mi hijo, se quedó extrañada al ver a mi hijo sentado en mi mesa del cual
sólo veía su espalda.
-Perdón, yo… eh, creía…creía que tu madre estaba aquí, no… no la he visto salir.
Mi hijo apoyó las manos en mi cabeza para asegurarse de que se la seguía chupando y
giró el cuello para mirar a mi secretaria, sin dejar de gemir y suspirar para que la mujer
pudiera imaginar perfectamente lo que estaba pasando allí.
-Está aquí…mmmm…pero ahora no puede atenderte…mmmm…tiene algo más
importante entre manos…vuelve dentro de un rato.
-Pero la…la reunión, …oh Dios mío…
Y se fue cerrando la puerta. Me hijo me sonrió burlonamente como suele hacer siempre
que disfruta de una situación peligrosa.
-Tú sigue chupando, puta, ¡no pares!
Pocos segundos después se corrió en mi boca, me agarró del pelo para separarme de él
y me dijo que abriera la boca para recibir su leche; se masturbó hasta que los chorros
salieron disparados hacia mi boca. Tras tragar todo su semen le pedí que por favor
dejáramos ya todo aquello, que no podíamos tentar más a la suerte.
-Ya ha entrado mi secretaria, y me costará un mundo inventar una explicación
convincente para que entienda por qué estaba agachada bajo la mesa y tú gemías, por
favor, no nos arriesguemos más.
Se bajó de la mesa con la polla colgando y goteando, me agarró por los hombros y me
besó la boca con fuerza y lujuria.
-Me vuelves loco, mamá, quiero follarte aquí y ahora, y me importa una mierda que
nos pillen.
-No hijo…no, esta noche lo que sea, pero no ahora…
Me llevó a un lado de la mesa y doblando mi cintura me echó sobre ella boca arriba,
separando mis piernas y se puso a recorrer mis agujeros con sus dedos. Me metía los
dedos en mi coño, los pasaba por la raja de mi culo, metiéndomelos en el ano; de nuevo
en mi coño, separando los labios, buscando mi clítoris, y provocándome suspiros pese a
la agonía que sentía por la situación en la que estábamos.
-Estás muy mojada, mamá… yo tengo lo que necesitas, mi puta.
Empezó a frotar la polla contra la entrada de mi coño, y la noté dura otra vez, pero era
demasiado pronto, y pensé que eso y su estado frenético se deberían a alguna droga que
habría tomado antes de venir a mi despacho. Apuntó a mi coño y me la metió. En seguida
la tuvo toda dentro de mí y empezó a moverse rápidamente, follándome de forma violenta,
jadeando exageradamente.
-¿Te gusta, puta?, ¿te gusta cómo te folla tu hijo, hija de la gran puta?
Me dejé llevar por su locura y los dos nos agitamos violentamente, jadeando y
gimiendo; me cogía del pelo y tiraba de él con fuerza; yo babeaba, sintiendo su polla
entrar y salir a un ritmo vertiginoso.
-¡Vamos..vamos!, ¡fóllame, cabrón!, ¡fóllame!
Me corrí gritando y dando manotazos a todos los folios, carpetas y objetos que había
sobre mi mesa, y esparciéndolos por el suelo. Tenía el coño empapado de mis propios
jugos y mi hijo seguía follándome salvajemente, aguantando todo lo posible antes de
correrse. Y entonces la puerta se abrió de nuevo. Un grupo de ejecutivos que venían
hablando entre ellos y a los que mi secretaria había abierto la puerta para la reunión que
debía celebrarse en mi despacho se quedaron mudos de golpe, contemplando la escena
que tenían delante. Su compañera, la seria y formal directora de uno de los departamentos
más importantes de la empresa, desnuda, jadeando y gritando como una perra en celo, y
follada por un chico joven, que muchos sabían que era su hijo y los demás se enterarían
muy pronto, con los pantalones por los tobillos y gritándola puta. Mi hijo les miró
sonriendo y empapado de sudor, sin dejar de empujar y entre jadeos les dijo:
-Ahora está reunida, no puede atenderos…pero cuando acabe con esta puta es toda
vuestra.
El grupo, incluida mi secretaria, miraban estupefactos, sin saber qué hacer o decir.
Cerraron la puerta y nos dejaron solos. El morbo de haber sido pillados le provocó a mi
hijo el orgasmo más violento y salvaje de su vida, dio un aullido terrible y me inundó el
coño de semen. Siguió empujando hasta que no quedó una sola gota de leche dentro de
su cuerpo, y toda quedó dentro de mí. Fue quizá el polvo más salvaje de mi vida. Mi hijo
se separó de mí casi tambaleándose, yo no podía ni moverme, me temblaban las piernas.
-Joder, puta…joder… ¡Dios, qué polvazo!
Me di la vuelta como pude y me eché sobre él para comerle a besos y lamer su sudor.
-Me has echado el polvo más grande de mi vida, mi amor, aún me tiemblan las
piernas…
Me apartó y se subió los pantalones, cogió mi blusa del suelo y se secó el sudor y se
limpió la polla con ella, tirándola de nuevo al suelo.
-Bueno, puta, te veo esta tarde en casa…saluda a tus compañeros de mi parte.
Abrió la puerta y salió de mi despacho, dejándome allí desnuda, sudorosa, y empezando
a tomar conciencia de lo que había pasado, viendo todo lo que había sobre mi mesa tirado
por el suelo, mi ropa tirada, todas las ventanas de los edificios de enfrente en las que
trabajaban miles de personas y desde las que se veía perfectamente el interior de mi
despacho, y oí a mi hijo al salir.
-Bueeeno, ya hemos acabado… mi madre y yo estamos muy unidos, ya lo sabéis,
¿verdad? Bueno, ya podéis tener esa reunión, aunque no sé si mi madre estará para
muchas reuniones ahora mismo..jajaja.
Capítulo 14
Jueves noche.
No puedo describir la vergüenza que pasé todo el día en la oficina tras ser descubierta
follando con mi propio hijo. No me atrevía a salir de mi despacho y cuando lo hacía
porque no tenía más remedio todos callaban al pasar yo y sentía sus miradas acusadoras
y recriminatorias clavadas en mí. Nadie se atrevía a dirigirme la palabra. Acabó la jornada
y no sabía si al día siguiente mi despacho volvería a ser mío. A esas horas la noticia ya se
habría extendido por toda la empresa, todo el mundo estaría murmurando sobre mí, y
seguro que ya le habrían llegado rumores al director general.
No sabía qué hacer, la lujuria que sentía por mi hijo estaba empezando a destruir todo
mi mundo, y aunque en ese momento aún no lo sabía, ese no era más que el comienzo.
Esperé en mi despacho hasta que todo el mundo hubo salido pues no quería cruzarme con
nadie, hasta que fue casi de noche, y entonces salí del edificio, sin mirar ni hablar con
nadie, la cabeza gacha y completamente avergonzada. Ya en la calle vi que mi hijo me
estaba esperando fumando tranquilamente un cigarrillo.
-Hola, mamá, ¿has pasado un mal día en la oficina?, mmm…pobrecita.
Su tono burlón se me clavó como un cuchillo y miré alrededor por si alguien nos
reconocía, pero a esas horas ya no había nadie. Se acercó a mí y me besó y yo cerré los
ojos y me dejé sujetar por sus brazos y penetrar por su lengua.
-Trabajas demasiado, zorra… yo sé lo que necesitas.
Me cogió de la mano y recorrimos un par de calles hasta llegar a una discoteca que el
conocía, un sitio tranquilo para que los ejecutivos de las oficinas cercanas tomaran una
última copa al salir de trabajar, aunque yo nunca había estado allí; un sitio ideal para pasar
un buen rato con alguien, con la excusa de quedarse a trabajar tarde y no tener que volver
a casa pronto. El club era discreto desde fuera y oscuro por dentro, una pequeña pista en
un lado y muchos sillones discretamente situados para guardar la intimidad de los clientes.
Fuimos a la barra y mi hijo pidió dos copas.
Tras los primeros sorbos de ron empecé a relajarme, mi cuerpo se templó, y cuando mi
hijo se puso a besarme tiernamente el cuello y el lóbulo de la oreja, todos los sucesos del
día empezaron a disiparse en una neblina, como un mal sueño. Cerré los ojos, disfrutando
de los labios de mi hijo sobre mi piel y su mano acariciándome las nalgas. El ron me
calentaba el cuerpo y notaba el cuerpo caliente de mi hijo pegado a mí. Me dejé llevar y
empecé a suspirar, mientras mi hijo me susurraba al oído.
-Follarte esta mañana ha sido increíble, mamá, pero el día no ha terminado, la noche
acaba de empezar y tengo muchas ganas de ti.
Como siempre el carisma y poder hipnótico de mi hijo podían con cualquier resistencia
que pudiera tener, y olvidándome de mi marido, de mi trabajo y de todo, me giré y le besé
en la boca.
-Dime lo que eres, mamá, quiero oírte.
-Soy tu puta, mi niño, tu perra caliente… tu esclava.
-Eso es, mamá, mi sumisa y obediente y caliente puta.
Me acabé la copa y en ese momento la música, que hasta ese momento había sido
tranquila, cambió y se puso más marchosa. Mi hijo me cogió de la mano y me llevó a la
pista.
-Quiero verte bailar, mamá, como la puta que eres… pero muéstrame un poco más de
ti, desabróchate un poco más la blusa.
Me desabroché dos botones, de modo que todo mi canalillo quedó expuesto, mis pechos
asomando en todo su esplendor, mostrando mi escote mucho más que cualquiera de las
mujeres que había allí. Nos pusimos a bailar, rodeados de un montón de ejecutivos de las
oficinas cercanas y de hombres buscando tomar una última copa y quizá conocer una
chica interesante antes de volver con sus propias esposas. Era una de las pocas mujeres
que había en la pista y todos los hombres me lanzaban miradas cargadas de deseo. Mi
hijo se propuso darles un buen espectáculo y se puso a acariciarme sugerentemente
mientras bailábamos, a mi espalda, muy pegado a mi cuerpo, sobándome los pechos por
encima de la blusa, y con su polla apretada contra mi culo; la sentía dura y se frotaba
contra mí mientras nos movíamos al ritmo de la música. La oscuridad de la sala, las luces
difusas y centelleantes, la música, el ron, las miradas libidinosas de los hombres clavadas
en mi cuerpo, todo influyó para que me desinhibiera por completo y cerrara los ojos y no
desear otra cosa más que sexo.
Los labios y la lengua de mi hijo recorrían mi cuello, mis mejillas, yo giraba la cabeza
para que llegara a mis labios y los mordiera y chupara mi lengua. Me encontraba
totalmente frenética de sexo, ya ni me acordaba de lo que había pasado por la mañana en
mi despacho, sólo quería ser follada por mi hijo hasta el infinito, y ser su perra. Sin
despegarse de mí y sin dejar de bailar me empezó a desabrochar más la blusa, lentamente,
botón a botón, me la apartó y dejó al aire mis tetas. La pista se había llenado un poco más
de gente y ya todos no prestaban atención más que a mi cuerpo y a las evoluciones de mi
hijo sobre mí; veía a los hombres moverse pero sin gracia, sin ritmo, porque todos tenían
sus ojos y su atención en nosotros, mi hijo me había convertido en la estrella de la pista.
Me apretaba los pechos y pellizcaba mis pezones, siempre detrás de mí, cuando
empezaron los silbidos, mi público se calentaba. Dejé caer la blusa al suelo. Mi hijo bajó
una mano y empezó a subirme la falda hasta dejármela por la cintura, mostrándole a todo
nuestro público mi coño depilado y mojado. Todos nos jaleaban, habían formado un
corrillo a nuestro alrededor y aullaban como lobos, como en un espectáculo de striptease.
El sudor hacía brillar mi piel cuando noté que mi hijo se bajaba la cremallera del pantalón.
En segundos su erecto miembro se encajaba entre mis nalgas, frotándolo sin dejar de
movernos al ritmo de la música. Todo el mundo a nuestro alrededor contuvo la respiración
un momento, sabedor de lo que iba a pasar, la polla de mi hijo llegó a la entrada de mi
coño, y entonces alguien gritó:
-¡Vamos, fóllala! ¡La puta lo está pidiendo a gritos!
Como si hubiera estado esperando esa señal, mi hijo deslizó las manos a mi vientre y
agarrándome con fuerza me la clavó de un solo golpe. Mi cuerpo se tensó y abrí la boca
ahogando un grito de placer, mientras sus manos me aferraban con fuerza empujándome
hacia él para tenerme completamente empalada. Ahora nos movíamos con un ritmo
diferente y la única música que oíamos eran nuestros gemidos y jadeos y los gritos de
nuestro público. Los golpes de mi hijo eran tan violentos que casi parecía que iba a
levantarme en vilo.
-¡Más, más!, ¡vamos, cabrón, más!
Él no hablaba, sólo jadeaba ostensiblemente, los dientes apretados con rabia.
-¡Hijo de puta, reviéntame!
Me tiró con fuerza con las manos hacia abajo y caí de rodillas, apoyando las palmas de
las manos en el suelo, él se agachó a la vez, sin sacarme la polla, y como un perro
enganchado a su perra, seguimos follando como animales en el suelo de la pista.
-¡Vamos, enséñala lo que es un hombre!
-¡Llénala de leche!, ¡queremos que le salga la leche por las orejas!
-¡Revienta a esa puta!
-¡Hija de puta, mirad cómo disfruta!
Los gritos de los hombres parecieron acelerar el éxtasis de mi hijo, que jadeando como
un animal se corrió dentro de mi coño ya empapado. Su semen se mezcló con los jugos
que había expulsado yo pocos segundos antes con mi primer orgasmo, dejándome
absolutamente extasiada de placer. Las culeadas de mi hijo eran tan fuertes que parecía
querer llegar con los chorros de semen a mis entrañas, pero se salió, con la polla goteando,
entre los aplausos del corro de excitados hombres a nuestro alrededor y se quedó
mirándome, a cuatro patas con el coño goteando semen y gimiendo como una perra.
-¿Queréis disfrutar de una buena puta? Ahí la tenéis, es vuestra.
Era lo que estaban esperando y uno de ellos, el más lanzado, se bajó en seguida los
pantalones, sin pararse a pensar si se trataría de una broma y ocupó el sitio que tenía antes
mi hijo, arrodillándose detrás de mí, y empezó a follarme. Casi sin darme cuenta todo a
mi alrededor se llenó de pantalones bajados y pollas volviéndose cada vez más duras,
jugosas y deliciosas, y en seguida tuve lo que deseaba, uno de los hombres se situó delante
de mi y me metió en la boca lo que tanto deseaba comer. En pocos minutos aquello se
había convertido en una orgía en toda regla, mientras mi hijo fumaba y tomaba una copa
tranquilamente, contemplando en primera fila a la puta de su madre, follada por todos
aquellos hombres.
Un tipo cincuentón, gordo y con traje me había follado la boca hasta llenármela de
semen, me sacó la polla de la boca y dejó que su leche chorreara por mi barbilla;
inmediatamente otro hombre, éste más joven y con ropa más informal, ocupó su lugar,
me dio unos golpes en la cara con su polla durísima, la mojó en el semen que resbalaba
de mi boca y se la chupé. Estaba en la gloria, liberándome de todos mis miedos y mi
vergüenza, ya no me importaba nada, el mundo había dejado de tener sentido para mí, ya
sólo quería sentirme y comportarme como la puta que mi hijo deseaba que fuera. No sé
quién me follaba por detrás, pero se corrió aullando y llamándome puta, su polla salió de
mí y al instante otra polla, más pequeña pero más gruesa entraba en mi culo.
-¡Eres la más puta!
-¡Te vamos a llenar todos tus agujeros de leche mil veces, zorra!
Yo gemía y jadeaba como una perra. Algunos de los hombres, esperando su turno para
follarme o para ser mamados, se agachaban y me sobaban las tetas, apretándolas y
pellizcándolas; me sobaban frenéticos todo el cuerpo, disfrutando oyéndome jadear e
insultándome. Uno de los hombres, un chico joven, ejecutivo en una empresa cercana y
que conocía de vista, se tumbó boca arriba en el suelo y me incitó para que me montara
encima suyo. No tuvo que insistir mucho. En cuanto me clavé su polla, el que me estaba
follando el culo, y que había parado para que cambiara de posición, volvió a clavármela.
Ahora tenía mis dos agujeros llenos y me puse a gritar enloquecida de gusto. Pero mis
gritos de placer y lujuria pronto fueron acallados por una polla que entró en mi boca y
que me la llenó por completo. El placer que sentía era inmenso. Una polla más quiso
entrar en mi boca, tenían tantas ganas de follarme, les estaba poniendo tan cachondos,
que ya no podían esperar sus turnos, todos querían gozar y querían hacerlo ya, sin esperar.
Me encontré abriendo la boca al máximo para que me cupieran las dos pollas. Muchos de
los hombres no podían esperar, la escena era tan lujuriosa y salvaje que se masturbaban
y sin poder contenerse empezaron a correrse sobre mí. Empezó a lloverme semen por
todo mi cuerpo, toda mi espalda y mi pelo se cubrieron de leche, las dos pollas en mi boca
explotaron llenándome tanto de leche que casi la vomité, mientras el que me follaba el
culo, tras correrse dentro, había cedido su puesto a uno de los camareros, que había
decidido unirse a la fiesta.
En mitad de esa salvaje orgía busqué con la mirada a mi hijo; estaba por delante de mí,
detrás del corro de hombres que se masturbaban, apoyado tranquilamente en una
columna, bebiendo su copa y sonriéndome burlonamente. Formó claramente con los
labios la palabra "puta". Le sonreí justo antes de que un chorro de semen me diera de
lleno en la cara y los ojos y me impidiera verle más. No sé cuántos hombres me follaron
aquella noche ni cuánto semen tragué, cuando uno de los porteros me cogió de los
hombros y me levantó en volandas para que otro de los camareros saliera de debajo de
mí, se enderezó, se subió los pantalones y dijo que la fiesta había terminado, que ya era
muy tarde y tenían que cerrar si no querían que viniera la policía a ponerles una multa.
La gente empezó a dispersarse, dirigiéndose algunos a los servicios para lavarse y otros
directamente a la salida, dejándome tirada en el suelo, exhausta, gimiendo lentamente,
como en trance. Mi hijo se acercó y me acarició el pelo empapado de semen.
-Vístete y vámonos a casa, perra. Esto aún no ha acabado.
Encontré mi blusa tirada junto a la barra, sucia, y me la puse, empapándola en seguida
con todo el semen que bañaba mi cuerpo; me puse los zapatos y me bajé la falda mojada
que se había quedado todo el tiempo remangada por mi cintura y salí del local sin lavarme,
del brazo de mi cabrón, de mi pervertidor, de mi humillador, de mi demonio, de mi hijo.
-Voy a hacer que te comportes como la puta guarra que eres las 24 horas del día, mamá.
Capítulo 15
Madrugada del viernes
Salimos de la discoteca y nos encontramos en las calles vacías y frescas de la ciudad
de madrugada. Me abracé a mi hijo y quise besarle, pero me apartó con desprecio.
-¡Guarra, apestas a semen!
-Sí, y ahora quiero el tuyo otra vez.
Pero mi tono meloso y borracho de lujuria no le afectó y riéndose diabólicamente me
preguntó si le había avisado a su padre que llegaría tan tarde a casa.
-¡Oh, Dios mío!, ¡tu padre!, ¡me he olvidado por completo de él!
Empezó a reírse a carcajadas llamándome puta infiel, mientras tomando rápidamente
conciencia de mi actitud busqué el móvil y vi un montón de llamadas perdidas y mensajes
de mi marido. En seguida le llamé, a pesar de que eran las 3 de la mañana, para contarle
la primera mentira que se me ocurrió, y que iba improvisándola mientras se la decía, la
más obvia y simple, que me había ido con unas compañeras del trabajo a tomar una copa
y me había olvidado de todo, que no se preocupara, que se durmiera tranquilo, que tardaría
en llegar. Mientras hablaba con él, aún con la resaca de la orgía en la que había participado
en la cabeza, mi hijo me cogió de la cintura y empezó a chuparme y a meterme mano, y
conseguí cerrar el móvil antes de soltar algún gemido.
-¿Así que vas a llegar tarde, puta?, ¿es que aún quieres ponerle más los cuernos a papá?
-No, cariño, quería decir…
-Querías decir que eres una zorra, que te has dejado follar dos veces por mí hoy, que te
has follado a media discoteca, y que aún quieres más, mientras papá está solo en casa, sin
saber que su dulce mujercita es una puta que se lo monta con cualquiera. ¿Era eso lo que
querías decir, mamá?
Mi hijo sabía perfectamente cómo humillarme, cómo hacerme gozar hasta el límite y
luego hacerme sentir culpable y sucia, y disfrutaba enormemente haciéndolo, y yo no
tenía fuerzas ni poder para resistirme a él. Su dominio sobre mí era demasiado poderoso.
Cruzamos una plaza vacía iluminada por las farolas y por la luna y encontramos un taxi.
Entramos y el taxista ni nos miró, estaba muy acostumbrado a llevar a casa a borrachos
de vuelta de alguna fiesta o a parejas como nosotros. Dentro ya del taxi vi que los ojos
del taxista se desviaban hacia mí reflejados en el espejo retrovisor, algo que también había
visto mi hijo; se arrimó a mí y me susurró:
-Vamos a darle un buen espectáculo al taxista, ¿te parece, zorra? Ábrete la blusa y
súbete la falda, que te vea bien las tetas y el coño, y mastúrbate.
Me chupó la oreja y me mordió el lóbulo, y como siempre, no pude resistirme a lo que
me ordenaba, así que me desabotoné la blusa mirando directamente al espejo retrovisor,
directamente a los ojos del taxista, y me subí la falda hasta la cintura. Separé las piernas
y mostré mi pubis depilado y mi raja aún húmeda de semen, y empecé a acariciar el
interior de mis muslos, a frotar dos dedos entre mis labios y acercarme al clítoris, sin dejar
de mirar a los ojos del taxista, humedeciéndome los labios con la lengua y
mordiéndomelos de la manera más provocativa y sexi que sabía. Mientras con una mano
seguía dándome placer en el coño, con la otra me acariciaba un pecho, apretándolo
suavemente con movimientos rítmicos, me cogía el pezón entre dos dedos y lo apretaba
hasta que se puso muy duro. Empecé a suspirar y gemir sin apartar los ojos ni un solo
momento de los del taxista, mientras mi hijo se arrellanaba cómodamente en el asiento a
mi lado y se encendía un cigarrillo y el taxista aminoraba la velocidad para no tener un
accidente pues no quería perderse nada de mi espectáculo.
Nadie hablaba dentro del coche, ni siquiera estaba conectada la radio del taxista, y aún
así el interior estaba plagado de sonidos: mis leves suspiros y gemidos, la respiración
ronca y acelerada del taxista, las bocanadas de mi hijo al cigarrillo y el exhalar el humo.
Toda una sinfonía de sonidos que no hacían más que excitarme más todavía. Mis dos
dedos hacía rato que habían dejado de frotarse entre los labios vaginales y se introducían
rítmicamente dentro del coño. Sentada tras el asiento del copiloto, un poco centrada, me
fijé en cómo la mano derecha del taxista dejaba el volante y se apoyaba en su entrepierna.
Sonreí y me chupé los dedos con los que me había estado acariciando los pezones. El
taxista se desabrochó el pantalón y vi asomar su polla, gruesa, erecta, y empezó a
masturbarse, sin dejar de conducir y sin apartar los ojos de mí.
-Llévenos al parque de San Cristóbal. A mi madre le apetece pasear por allí.
El silencio lo había roto mi hijo, indicándole al taxista que nos llevara a una de las
zonas de putas más populares de la ciudad, un parque que por las noches se llenaba de
prostitutas apostadas a los lados de las avenidas por las que circulaban los potenciales
clientes. El taxista sonrió, acelerando el ritmo de la masturbación, sin dejar entrever si se
había tomado en serio la mención de la palabra madre o esto le había excitado aún más
todavía. A mí sí me excitó, e intentando meterme los dedos y frotarme el clítoris al mismo
tiempo, me corrí, gimiendo de forma más audible. Seguía mirando a los ojos del taxista,
pero la mirada se me desviaba a su polla; sin dejar de conducir y sin preocuparse de más
cosas se corrió sin emitir un solo sonido. Vi cómo los chorros de semen empapaban el
volante, sus pantalones; ni siquiera gimió, pero en su cara se reflejaba el placer que sentía.
Poco después llegamos al parque y empezamos a recorrer las oscuras sendas, apenas
iluminadas por alguna que otra farola y por la luz de la luna. No había muchas putas en
ese momento, quizá por la hora y por ser un día de diario. Llegamos a una zona en la que
había varias dispersas, muy atractivas.
-Pare el coche, mi madre se va a quedar aquí.
Le miré, no era eso lo que imaginaba, pensaba que simplemente daríamos una vuelta
por el parque en el taxi para calentarnos y luego irnos a casa o a algún hotel. Se arrimó a
mí para susurrarme y acariciarme entre los muslos.
-Quiero que bajes y te quedes aquí, y hagas lo que mejor sabes hacer, ser una puta.
-Hijo, ¿estás seguro de lo que pides?
-Me voy a dormir un rato, volveré a recogerte por la mañana. Hasta entonces, puta.
Salí del taxi, con la blusa desabrochada y con mi bolso y me quedé allí quieta, sola,
viendo alejarse el taxi con mi hijo dentro. Estaba asustada, veía alguna otra puta a lo lejos,
pero no había nadie cerca; la luz de una farola me iluminaba, pero el resto estaba oscuro
y sólo se oía el sonido de coches en la lejanía. Por un momento maldije a mi hijo por
dejarme allí abandonada, cuando yo lo único que quería era irme con él para follar los
dos juntos. Entonces un coche se acercó, sus faros me deslumbraron hasta que se paró a
mi lado. Bien, si mi hijo quería que me comportara como una puta, no iba a defraudarle.
Bajó la ventanilla del pasajero y me asomé dentro. Era un hombre de unos 50 años,
gordo y con aspecto sucio, pero eso era lo que quería que hiciera mi hijo y no iba a fallarle,
así que acepté la primera cantidad que me ofreció y me metí en el coche. Aparcó cerca,
entre varios árboles y tras pagarme se puso a sobarme las tetas; se inclinó sobre mí para
chuparlas y su olor me llegó como una bofetada, era asqueroso, como si no se hubiera
duchado en muchos días, apestaba a sudor. Mientras me chupaba y mordía los pezones
miré a mi alrededor, el coche era una pocilga, lleno de basura, de recipientes vacíos de
todo tipo, desde tabaco hasta hamburguesas, el cenicero hasta arriba de ceniza y colillas,
kleenex usados por todas partes, incluso creí distinguir un condón usado en el suelo. Se
enderezó y pegó su boca a la mía y antes de que tuviera tiempo de protestar su lengua
estaba dentro de mi boca repasándola entera con frenesí. Su aliento era espantoso, si
parecía que llevara días sin ducharse, seguramente llevaría toda su vida sin lavarse los
dientes.
-¡Cómo me pones, puta!, tienes un cuerpo estupendo, ¡joder cómo vamos a gozar!
-Claro, amor, estoy deseando hacerte gozar. – Intenté sonar lo más lujuriosa posible,
disimulando todo lo que pude el asco que me provocaba aquel hombre.
-Pues empieza con esto, puta, ¡ya verás cómo te gusta!
Y cogiéndome de la cabeza me llevó a su entrepierna, mientras con la otra mano se
desabrochaba el pantalón y se sacaba la polla. El olor de su polla era aún peor, mucho
peor que el de su aliento, una mezcla de sudor y semen, un olor rancio y nauseabundo que
me hizo dar una arcada, pero forzándome abrí la boca y engullí esa polla maloliente. Me
puse a chuparla como si fuera lo más delicioso que hubiera probado en mi vida.
-¡Eso es, puta! te gusta mi polla, ¿verdad? La encuentras deliciosa, ¿eh?
Ni siquiera era capaz de tener una erección decente, la notaba flácida al recorrerla con
la lengua y chuparla, pero él parecía gozar como nunca. Estuve chupándosela durante
mucho rato, hasta que empezó a cansárseme la boca y es que llevaba todo el día chupando
pollas, y empezaba a descubrir mi límite. Su polla había crecido, sin llegar a un gran
tamaño, pero no conseguía que se pusiera tiesa del todo, pero a él parecía no importarle,
seguramente ni se daba cuenta.
-¡Joder, cómo la mamas, zorra! ¡Mira qué dura me la has puesto! Ahora quiero follarte.
Salimos del coche y pasamos al asiento trasero. Se bajó los pantalones y los calzoncillos
sucios y apestosos hasta los tobillos y sin quitarme la blusa, simplemente subiéndome la
falda, me senté sobre él, de frente suyo. Costó un poco que entrara dentro de mí debido a
su falta de erección.
-¡Ufff…la tengo tan grande que no te entra, ¿eh, guarra?, jajaja.
Por fin conseguimos meterla y empecé a moverme sobre él, sintiendo su barriga pegada
a mí y su lengua lamiéndome las tetas y besándome. No sé cómo, pero me excité, cerré
los ojos y empecé a gemir; me quitó la blusa y apretó con fuerza mis tetas con las manos
mientras metía la lengua dentro de mi boca; me puse a botar con más fuerza sobre él,
dejando caer mi cuerpo con más violencia cada vez.
-¡Eso es, puta, eso es!
-Mmmmmmm…tu polla me vuelve loca, vamos, ¡fóllame más fuerte, cabrón!
-¡Siiiiiiii!, ¡te voy a destrozar el coño, puta!
Era tan ridículo oírle y sentir su flácida polla dentro de mí, y sin embargo, había
conseguido ponerme cachonda, pero me imaginé que duraría poco, y así pasó, pocos
minutos después de empezar a botar sobre él, soltó un grito casi femenino y se corrió,
dejándome el coño lleno de semen y a mí tan caliente como una perra en celo.
-Oh, puta, ha sido el mejor polvo de mi vida. A partir de ahora pasaré todos los días
por aquí para follar contigo.
Le prometí que todas las noches estaría allí esperándole, y que ningún cliente me había
follado como lo había hecho él, que su polla era increíble y que era el amante perfecto;
salí del coche, me arreglé un poco la ropa mientras él se guardaba su polla ahora ya
totalmente flácida y minúscula, se sentaba al volante y se alejaba de allí. Tuve dos clientes
más aquella noche antes de que mi hijo viniera a recogerme, dos pollas más que comí esa
noche y dos polvos más que me echaron. Cuando por fin amaneció, estaba agotada, ya
sólo deseaba que mi hijo viniera a buscarme, intenté pensar qué haría con mi vida a partir
de aquel momento, con mi trabajo, con mi marido, con mi hijo, pero estaba demasiado
cansada para pensar, y ya era había amanecido.
Capítulo 16
Viernes
Mi hijo por fin llegó, a las 7 de la mañana; abrió la puerta del coche y me metí dentro.
El calor del interior y lo cómodo del asiento fueron como un regalo del cielo y en seguida
me quedé dormida. Me despertó mi hijo al llegar a casa y mientras subíamos me preguntó
por la noche en el parque, y le conté todos los detalles, los clientes con los que me había
acostado, qué había hecho con ellos, y cuánto dinero había ganado. Entramos en casa sin
hacer ruido, mi marido estaba durmiendo profundamente, no se levantaba hasta las 8. Me
dirigí al baño, pero mi hijo me cogió de un brazo y me susurró que podía mear o cagar si
lo necesitaba, pero que no me lavara, quería que me metiera en la cama con su padre,
desnuda y con todo el semen que llevaba en el cuerpo después de todo un día de sexo,
tras follar con él en mi despacho y en la discoteca, tras la orgía en esa misma disco, y tras
ser follada por tres hombres más en el parque.
Oriné y me metí en mi dormitorio, me desnudé y me acosté al lado de mi marido. No
se despertó. Palpé mi cuerpo, lo sentí húmedo, con semen reseco por todas partes, dentro
de mi coño y mi culo, en mi pelo. Con estos pensamientos me quedé dormida.
Ese día decidí no ir a trabajar; después de lo que había pasado el día anterior, de que
me pillaran desnuda en mi despacho follando con mi propio hijo, no tenía muchas ganas
de volver y mirar a la cara a todos mis compañeros, y después de todo, tampoco estaba
segura de si podría volver o no. Sentí en sueños cómo mi marido se levantaba y se iba a
trabajar, en silencio para no despertarme, sin sospechar nada; sin tener ni idea de que su
mujer se había convertido en la más puta y degenerada que pudiera jamás imaginar, ni
del día que había pasado con nuestro propio hijo.
El sol ya estaba alto cuando sentí a mi hijo deslizarse en la cama; él tampoco había ido
a la universidad. Tumbado en el mismo sitio que ocupara antes su padre, empezó a
acariciarme; abrí los ojos y le vi, desnudo, su polla ya erecta, brillante, maravillosa. Sin
decir una palabra se echó sobre mí y presionó su miembro contra la entrada de mi ano.
-Apestas a semen, guarra, todo tu cuerpo huele a hombre ¿Es que acaso ayer hiciste
algo que debas contarme, puta?
Empujó y su polla se introdujo dentro de mí; aferré la almohada con las manos con
fuerza, mordiéndola, besándola, babeándola; mis tetas presionadas contra el colchón,
flexioné las rodillas hacia mí, sintiendo más dentro de mi ano la polla de mi hijo. Aceleró
el ritmo y empezó a darme fuertes culadas, mientras yo jadeaba y gritaba como una perra
en celo.
-¡Grita más fuerte, mamá! ¡Vamos, grita, puta!, ¡que te oigan todos los vecinos!
Desde ayer ya no me importaba nada, ya no veía las consecuencias de ninguno de mis
actos, solo deseaba gritar tan fuerte que me oyeran todos los vecinos, y todo el mundo
supiera lo puta que era y que me sentía.
-¡Vamos, puta asquerosa! ¡Grita, hija de puta!
Estaba histérica de placer y lujuria cuando mi hijo se corrió, llenándome todo el ano de
semen tibio y espeso. Quedamos los dos tumbados, jadeando y sudorosos. Me levanté y
esta vez sí me duché, a conciencia, limpiando mi cuerpo de todo recuerdo de las últimas
24 horas. Salí de la ducha y desnuda como estaba, preparé el desayuno para los dos. Él se
había duchado y vestido, pero quería verme desnuda por la casa, y a mí me excitaba; hasta
ahora siempre me había hecho sentir incómoda y nerviosa, pero ahora no me imaginaba
de otra manera que no fuera comportándome como una guarra.
Pasamos el día los dos juntos y solos en casa, disfrutando el uno del otro, jugando a mil
y un juegos eróticos y lujuriosos, hasta cerca de las siete de la tarde, hora en la que solía
llegar mi marido de trabajar. Cuando oímos la puerta, miré a mi hijo con intención y él
me dio permiso para ir a mi habitación y ponerme una bata por encima que tapara mi
desnudez. El resto del día fue anodino y sin incidencias, mi marido me veía vestida sólo
con la bata, medio desnuda, y se extrañaba, pero no sospechaba nada extraño, nunca lo
había hecho, jamás se le habría ocurrido dudar de mí, pero se excitó, y me susurró que
ojalá le recibiera más veces así de provocativa y que esa noche, cuando nos acostáramos
le gustaría que hiciéramos algo, ya sabía, él y yo. Incluso le daba vergüenza mencionar la
palabra "sexo". Durante la cena me preguntó qué tal lo había pasado la noche anterior con
mis compañeras, y si había llegado muy tarde, pues él no me había oído llegar a causa del
sueño tan profundo que tiene. Mi hijo mientras me miraba todo el tiempo, sonriendo
burlonamente y haciendo algún que otro comentario capcioso. Describí una imaginaria
salida con mis compañeras de trabajo, unas copas y muchos cotilleos, que la cosa se alargó
más de lo normal y que llegué a casa sobre las cuatro. Tras cenar y recoger, mi marido y
yo nos fuimos al salón a ver la tele, sin saber que el drama en el que vivía inmersa no
había hecho nada más que empezar.
Mi marido me besó muy acaramelado, excitado con mi cuerpo desnudo asomando bajo
la bata, nos acariciamos y me prometió que esa noche haríamos algo en la cama.
Apartándose suavemente se puso a ver la tele dejándome en un mar de dudas y de
confusión; me levanté y me fui al dormitorio.
Estaba de pie frente a un espejo, mirando mi reflejo y reflexionando sobre mi vida, en
mi hijo, en cómo los acontecimientos se estaban precipitando en los últimos días, quizá
sólo en las últimas horas. Y como si hubiera leído mis pensamientos, mi hijo entró en el
dormitorio.
Estaba desnudo, su miembro, jugoso, brillante y poderoso, brincando alegremente entre
las piernas. Se acercó a mí, sin decir una palabra, se arrimó a mi cuerpo, por detrás, y me
rodeó con sus brazos. Veíamos nuestro reflejo en el espejo, sus musculosos brazos
rodeando mi pecho y mi vientre, sus manos acariciando la fina tela de la bata, sus labios
suavemente apoyados en mi cuello. Lentamente subió las manos y deslizó la bata por mis
hombros, dejándola caer a mis pies. Contemplé mi desnudez, y la suya; nos contemplé a
los dos, desnudos, mi cuerpo envuelto en sus brazos y su calor, sintiendo su miembro
apretado entre mis nalgas. Me di la vuelta y le besé. Nuestros labios se rozaron, nuestras
lengua se tocaron, se abrieron las bocas y nos fundimos en un beso en el que estaba toda
la lujuria que sentíamos el uno por el otro. Sus manos empezaron a recorrer todo mi
cuerpo, mientras oíamos el sonido de la televisión que nos llegaba desde el salón.
Me echó sobre la cama y se tumbó sobre mí, cogiendo mis muñecas entre sus manos y
llevando mis brazos a los lados de mi cabeza. En esa postura me penetró. Su polla entró
como un misil; arqueé la espalda y solté un gemido.
-Quiero oírte, mamá… gime, jadea, grita.
Aceleró el ritmo y yo el volumen de mis gemidos. El mundo hacía ya algún tiempo que
había dejado de existir, ya sólo estábamos mi hijo y yo; en mi mundo ya no había culpas,
ni miedos, ni remordimiento, ni consecuencias. Mi hijo sabía cómo sacar lo peor de mí,
y cómo llevarme al clímax más salvaje.
-Dime que me amas, mamá…dímelo, puta.
-¡Te amo!...¡Oh, Dios, no pares! ¡Por lo que más quieras, no pares!
Pero se salió de mí. Casi con lágrimas en los ojos le supliqué que siguiera, que no me
dejara así. Era lo que él quería, verme rendida, humillada, suplicando, y saber que ya nada
nos iba a detener. Se quedó de rodillas entre mis piernas, mirándome con su sonrisa más
canalla.
-¿Deseas que te folle, puta?
-Sí…por favor, ¡sí!
-¿Eres mía, zorra?, ¿en cuerpo y alma?
-¡Sí! ¡Soy tuya! ¡Cabrón, fóllame! ¡Fóllame!
-No creo que a papá le guste, ¿no crees, guarra?
-¡Me importa una mierda! ¡Fóllame!
-¡Pues ponte a cuatro patas, como la perra que eres, que te voy a follar hasta reventarte,
hija de la gran puta!
Me di la vuelta y me puse como quería, totalmente histérica de deseo, y por fin, de
nuevo, volvió a metérmela en el coño, agarrándome de las caderas y dándome violentos
empujones. La cama crujía y los dos gemíamos como animales. Por supuesto, al poco,
cuando giré el cuello, vi a mi marido en la entrada del dormitorio, con cara de
incredulidad, la boca abierta, sin explicarse ni creerse lo que sus ojos le decían que era
verdad.
Mi marido salió de su estado de shock y se puso a balbucear.
-Pe…pero….pero…¿qué demonios está pasando aquí?
-Creo que es obvio, ¿no te parece, papá?, me estoy follando a la puta de mi madre, ¿y
sabes qué?, folla como una verdadera profesional.
Mi hijo gemía mientras hablaba, disfrutando tanto como yo de aquel polvo. Miré de
soslayo a mi marido y pude ver la incomprensión, la rabia, la impotencia en sus ojos;
siempre había sido débil, no tenía una gran personalidad, y lo que contemplaba le había
dejado totalmente desarmado. Vi lágrimas correr por sus mejillas, y la boca temblarle. Mi
hijo se echó sobre mí y tirándome del pelo con fuerza hacia atrás me besó con lujuria en
la boca. Era casi como si su lengua intentara violarme la boca, y yo quería dejarme violar
por él, toda.
-¡Vamos, cabrón, dame más fuerte! ¡Reviéntame!
Mi marido nos miraba llorando, gimiendo de agonía, –Por favor…no hagáis esto…por
lo que más queráis…
Mi hijo le miró sonriendo burlonamente, las manos agarrando mis caderas y sacando
la polla de mi coño lentamente y metiéndola con violencia, -Obsérvanos, seguro que
aprendes mucho. Venga, puta, vamos a enseñarle a papá cómo se folla.
Y me la clavó una vez más, de un solo empellón, arrancándome un grito de placer. Me
folló de forma salvaje, dándome violentas culadas, golpeando su pelvis contra mi cuerpo
cada vez de forma sonora, insultándome, gritando los dos, gimiendo, mientras mi marido
miraba encogido apoyado en el quicio de la puerta, llorando, viendo ahora claro y
comprendiendo tantas cosas que antes nunca se había parado a considerar, y comprendió
lo que era yo, lo que había sido siempre, y lo que nuestro hijo suponía para mí. Pero igual
que se ve una película de terror, sufriendo, pero sin poder dejar de mirarla, mi marido nos
miraba, hipnotizado, sin poder apartar la mirada de nosotros, ni dejar de escuchar nuestros
jadeos, nuestros gritos, nuestro vocabulario, y nuestras burlas hacia él. Hasta el grito final,
al llegar al clímax simultáneamente mi hijo y yo. Se separó de mí jadeando, me dio una
sonora palmada en las nalgas, alabó mi buen hacer, como siempre, y se fue a lavarse,
pasando al lado de su padre, mirándole sonriendo.
Me quedé gimiendo suavemente, aún a cuatro patas, giré la cabeza y miré a mi marido.
No me sentía avergonzada, ni culpable; no sentía nada y eso me asustó; sólo placer por el
polvo que me acababa de echar mi hijo. Mi marido ofrecía una imagen patética, llorando
sin emitir sonido alguno, la cara reflejando todo su dolor e impotencia, su humillación, y
sus pantalones un gran bulto en la entrepierna. Se dio la vuelta y sin decir nada, salió del
dormitorio. Oí que se metía en la cocina y cerraba la puerta.
Mi hijo había ido al baño a lavarse y luego oí que se metía en su dormitorio. No sabía
qué hacer, mi hijo en menos de dos días había destrozado por completo toda mi vida, mi
trabajo, mi matrimonio, todo. Y no sentía nada, sólo pensaba en su polla clavada dentro
de mí, follándome una y otra vez, en miles de hombres follándome, violándome…
Lentamente me levanté y me dirigí al baño. Cuando volví al dormitorio mi marido ya
estaba allí, apestando a alcohol. Estaba oscuro, mi marido dormía o eso parecía, sabía que
en realidad no podría dormir, pero ya no había nada que hablar entre nosotros, le oía llorar
en silencio. Me acosté desnuda a su lado. Por la luz que entraba por la ventana se le
iluminaba una erección como hacía años que no le veía, y me pregunté si aquello le daría
placer o le haría sentirse aún más humillado. Se la acaricié y él se dejó hacer, sin decir
nada, sin moverse, casi conteniendo la respiración; gimiendo levemente mi marido se
corrió en mis manos, y nos quedamos allí los dos, quietos, en silencio, en la oscuridad.
Intentó hablar, pedir razones, explicaciones, intentar comprender, pero no pude decirle
nada. Se giró y me dio la espalda. Seguí con los ojos abiertos, no podía dormir, estaba
quieta, mirando al techo sabiendo que mi marido tampoco dormía, pero ninguno de los
dos hablaba. No habría pasado ni una hora cuando mi hijo entró de nuevo en la habitación,
desnudo; rodeó la cama y se acostó junto a mí. Le recibí con los brazos abiertos, le
acaricié, le besé, e hicimos el amor toda la noche junto a mi marido, oyéndole gemir y
llorar de dolor y humillación en silencio.
Capítulo 17
Sábado
Desperté entre los brazos de mi hijo. Mi marido no estaba; se había pasado toda la
noche acostado a nuestro lado escuchándonos hacer el amor, sufriendo en silencio de
humillación. Pero yo no podía hacer nada contra eso. Deseaba a mi hijo, ya no podía vivir
sin su cuerpo junto al mío, y ahora que todas las caretas habían caído, no quería disimular
más.
A la hora de comer apareció mi marido. Yo estaba desnuda, medio tumbada en el sofá,
con mi hijo buceando entre mis piernas, llevándome a la gloria con su lengua. La comida
ya estaba preparada y comimos, mi marido silencioso y taciturno, y mi hijo y yo hablando
sin parar y haciendo comentarios sexuales todo el rato, y como si no estuviera mi marido,
y no muy segura de si lo hacíamos consciente o inconscientemente, nos pusimos a
recordar muchas de las veces en que mi hijo y yo habíamos follado, o me había hecho
follar con otros. La cara de mi marido se ponía roja por momentos, pero no decía nada,
se tragaba toda la humillación y toda la rabia. Mi hijo estaba desnudo, y de vez en cuando
cogía trozos de comida con las manos y me los llevaba a la boca, dejando que la salsa
resbalara por mi boca y mi barbilla; yo le chupaba los dedos y sentía gotas de grasa
resbalar de mi barbilla y caer en mis tetas. Después de comer mi marido se fue a tomar el
aire y mi hijo llamó por teléfono a su tía, para que viniera esa tarde a nuestra casa, que
deseaba follarnos a las dos.
Una hora después la tía se presentaba en nuestra casa. Venía con un vestido suelto muy
escotado, claramente sin sujetador, sin medias y con botas. Pasó al salón y la saludé
desnuda desde el sofá, mientras mi hijo la rodeaba por detrás con los brazos y la sobaba
todo el cuerpo. La tía llevaba varios días sin saber nada de mi hijo y estaba encantada con
que la hubiera llamado y encantada de dejarse tocar por él. La sacó las tetas fuera del
vestido y contemplé sus pezones duros, excitados; los dos me miraban con deseo, la
lujuria reflejada en sus rostros. La tía de mi hijo y hermana de mi marido participaba
desde hacía tiempo de la relación entre mi hijo y yo, pero no tenía ni idea del cambio tan
radical y dramático que esta relación había sufrido en los últimos días, ni de que incluso
mi marido era consciente de ella…pero pronto se enteraría de todo.
Mi hijo la deslizó el vestido por los hombros suavemente, sin dejar de besarla la piel y
tocarla, y éste cayó al suelo, revelando el recio cuerpazo de su tía, sus grandes tetas, sus
caderas imponentes, sus largas y rollizas piernas, y su coño apenas tapado por un
minúsculo tanga amarillo, por el que asomaban pelitos rojizos. La susurró algo al oído e
inmediatamente, sonriéndome con picardía, se agachó y se puso a avanzar hacia mí a
cuatro patas, relamiéndose los labios mientras se acercaba. Abrí las piernas para recibirla,
sonriendo a esa perra lujuriosa que estaba deseando comerme el coño a una indicación de
su sobrino. Llegó a mi altura y apoyando las manos en mis muslos acercó su boca a mi
raja, me olió, como lo haría cualquier perra, cualquier golfa, y sacando la lengua, la pasó
por los bordes, por los labios, dando lametazos a mi clítoris hasta por fin hundirla en mi
cueva. Empecé a gemir y a acariciarla el pelo. Esa mujer sabía cómo comer un coño, qué
pena que su hermano no tuviera sus mismas dotes para el sexo como tenía ella. Mi hijo,
que la había recibido desnudo, que es como había estado todo el día conmigo, se acercó
a su tía por detrás, se agachó y apartando la tira del tanga que llevaba metida en la raja
del culo, la empezó a frotar la polla. Ella gemía sin dejar de chuparme la raja, y más
cuando mi hijo la penetró. Los tres nos movíamos a un mismo ritmo, como dirigidos por
un director de orquesta invisible y los tres sintiendo el placer que otro nos producía.
Yo fui la primera en correrme, en llenar de líquidos mi coño y de gemidos y groserías
la habitación, gracias a la lengua insaciable de la tía y poco después, antes de que me
recuperara del tremendo orgasmo que estaba teniendo, ella se corrió. Mi hijo se dio cuenta
y se puso a follarla más fuerte, dándola violentas embestidas, pero sin correrse, sólo con
la intención de llevar a su tía al paroxismo del placer. Nos tenía a las dos gimiendo como
cerdas y se salió de su tía, momento que ella aprovechó para subirse al sofá encima de mí
y besarme la boca con ansia y lujuria mientras frotaba su cuerpo, y más concretamente
sus tetas, contra mi cuerpo. Mi hijo se nos unió en ese beso salvaje, uniendo su lengua a
las nuestras y sus labios a los nuestros; se puso de pie en el sofá y empezó a frotar su
poderoso y erecto miembro por nuestras caras y bocas hasta que se la chupamos entre las
dos. Él no se movía, sólo dejaba que sus dos perras le mamasen, succionando y chupando
su verga como si su vida dependiera de ello, a la vez, en ningún momento dejando
descansar las lenguas; si una la engullía, la otra lamía sus huevos; nuestras bocas se
juntaban al chuparla a la vez, nos besábamos, saliva colgando de su polla y de nuestras
bocas. Pronto no paramos de babear, cada vez más excitadas con el maravilloso pedazo
de carne que teníamos para nosotras solas, para compartir como buenas cuñadas, como
buenas zorras.
A mi hijo le habría gustado estar así horas y horas, pero su resistencia, como la de
cualquier hombre, disminuye en relación inversa a la excitación y el calentón, y por lo
tanto, en mitad de aquella monumental mamada, echó la cabeza hacia atrás, dio un aullido
y se puso a escupir chorros de semen que se colaron por nuestras bocas abiertas e
impactaron en nuestras caras. Mi lengua repasó con avidez la cara de mi cuñada y lo
mismo hizo ella conmigo después, hasta que nuestras bocas quedaron llenas de semen
que compartimos en un profundo y excitante beso, lo que hizo que la polla de mi hijo se
mantuviera erecta aún un buen rato después de haberse corrido. La tía se tumbó en el sofá
acariciándose de forma sugerente y yo, aún con restos de semen en el pelo y algunas
gotitas en la barbilla la besé las botas y se las lamí; eran unas botas negras y brillantes, de
cuero, altas y con tacón de aguja; lamí los tacones arrodillada a sus pies mientras mi hijo
se acercaba a su tía para besarla. Lentamente bajé la cremallera de las relucientes botas y
se las quité; sus pies desprendieron un ligero aroma a sudor y cuando los toqué con mis
dedos los noté húmedos; los cogí por los talones y los chupé como si fueran el más
delicioso de los manjares.
Mi hijo se separó de su tía, con la polla aumentando de tamaño por momentos, y se
situó detrás de mí, apoyando una rodilla en el sofá, y empezó a restregarme la verga por
las nalgas, a pasarla por la raja del culo, a humedecerla en mi empapado coño. Y mientras
yo gozaba de los pies de mi cuñada y ella de mi lamida y de sus dedos en el coño, mi hijo
me la clavó en el culo, lentamente, para que sintiera cómo se introducía centímetro a
centímetro dentro de mis entrañas.
Subí lamiendo sus tobillos, sus pantorrillas, sus muslos, hasta llegar a su raja y enredar
mi lengua y mis dientes en la pequeña y suave mata de pelo arreglado; volví a bajar y
saboreé su coño y los restos de semen de mi hijo. Ella apartó las manos y las llevó a sus
tetas mientras dejaba que fuera mi lengua la que la diera placer. La polla mientras tanto
se había introducido por completo dentro de mi ano y ahora entraba y salía en un ritmo
que amenazaba con volverme totalmente loca de excitación. El coño de mi cuñada se
llenó de jugos que lamí y tragué encantada, cuanto más lamía más generaba, y más gemía,
y eso excitaba a mi hijo, era como un círculo vicioso, muy, muy vicioso. Mi hijo me clavó
los dedos en las cadera, sentí sus uñas rasgándome la piel, y su semen empezó a fluir
dentro de mi ano. Se separó de mí y se acarició la polla, roja, venosa, húmeda de semen,
mientras yo me llevaba los dedos a mi culo para recoger el máximo de semen que pude
con ellos y se los di a probar a la tía, que los chupó con avidez, ante la satisfacción de mi
hijo.
Sudorosos y jadeantes nos preparamos algo para refrescarnos y coger fuerzas, fumamos
unos cigarrillos y nos fuimos a mi dormitorio, donde nos acostamos los tres,
abrazándonos, besándonos y acariciándonos, excitándonos lentamente. Fue en ese
momento cuando mi marido regresó a casa. Le oímos moverse por la casa y avanzar por
el pasillo, pero ninguno de nosotros hizo el menor amago de salir de la cama, ni teníamos
la intención de disimular lo que hacíamos; mi hijo y yo ya no necesitábamos disimular ni
queríamos volver a hacerlo nunca más, y la tía, envuelta en la lujuria del momento, se
dejó llevar. Mi marido abrió la puerta del dormitorio y se quedó mirándonos, perplejo, no
ya por encontrarnos a su mujer y a su hijo follando, sino por contemplar a su propia
hermana desnuda en la cama con nosotros.
-Vamos, cariño, únete a nosotros.
Mi hijo apretó las tetas de su tía con una mano y con la otra le separó los labios
vaginales con los dedos, como si se la ofreciera.
-¿Te gusta tu hermana, papá?, con nosotros es una auténtica puta…ya sólo nos faltas
tú.
Nos levantamos los tres al unísono y le rodeamos, como vampiros ávidos de su sangre,
o de su semen, en este caso. Mi marido se debatía entre la vergüenza, la ira, la impotencia,
y el deseo. La tía, su propia hermana, no había dudado ni un momento, le acariciaba y
entre los tres le desnudamos. Le atrajo a la cama y le tumbó con ella, siguiéndoles
nosotros dos. Nos pusimos a besarle entre nosotras, su hermana era la que más disfrutaba
besándole la boca. Mi marido sufría, aquello era superior a sus fuerzas y a todo en lo que
creía sagrado, pero no se resistía y su polla estaba más dura de lo que se la había visto en
la vida, y aunque en su cerebro la lucha era terrible entre lo correcto y lo incorrecto, su
cuerpo hacía ya rato que se había rendido. Las dos volvimos a besarle la boca y
mordisquearle los pezones y mi hijo se situó entre sus piernas, arrodillado sobre el
colchón, se inclinó sobre él y acercó los labios a su polla. En la postura en la que estaba,
tumbado boca arriba y con nuestros cuerpos tapándole, no podía verle, pero cuando sintió
unos labios en su miembro, comprendió que el único que podía ser era su propio hijo; se
estremeció e insinuó una protesta, pero le besamos con más ímpetu. Sus brazos no se
movieron, pero sus manos aferraron las sábanas con mucha fuerza. Nos abrimos un poco
y dejamos que viera a su propio hijo chupándosela. Yo le miré también, y ver a mi hijo
chupándosela con lujuria y avidez a su propio padre me excitó de tal manera que me mojé
de inmediato, sintiendo una urgencia casi dolorosa por follar. Cogí a mi hijo y le separé
de la polla de su padre, tumbándole a su lado y me senté sobre él, clavándomela de
inmediato. La tía, por el contrario, no perdió el tiempo, e hizo el mismo movimiento que
yo, pero con su hermano. Dos perras en celo follando con sus machos no se habrían
sentido más excitadas.
Pronto mi hijo me agarró y me hizo cambiar de postura, tumbándome de lado, de cara
a mi marido y se situó detrás de mí para seguir follando, con mi marido a centímetros de
mi cara y a la vista de mi hijo. Mi marido repartía las miradas entre nosotros y su hermana,
que le follaba de forma salvaje, botando y gritando encima de él como una posesa. Mi
hijo me hizo correrme, pero él se reservaba, y mi marido sí que se corrió, llenando el coño
de su hermana con semen que llevaba mucho tiempo esperando el momento de salir, gritó,
como quien se ha reprimido demasiado tiempo, los nudillos blancos de tan fuerte con que
se cogía de las sábanas, en los ojos aún reflejándose la lucha interna entre la vergüenza
por el incesto, por la pesadilla en que se había convertido su vida desde que descubrió
que su mujer y su hijo llevaban meses follando como animales, y el placer que sentía al
follar, al dejarse llevar, al correrse.
Todos nos habíamos corrido menos mi hijo y nos relajamos un rato, sin hablar, sólo
acariciándonos con dedos y labios. Mi hijo me susurró algo al oído, le miré sorprendida
y vi que hablaba en serio, así que me volvía a mi marido y le hice ponerse de rodillas, a
cuatro patas, sin dejar de besar y tocar. Me abrí de piernas delante de él y le hice hundir
su cara en mi coño; la tía hizo lo mismo y le ofreció el suyo. Mi marido nos lamía
alternativamente a las dos, mientras mi hijo se situaba detrás de él. Puso sus manos
suavemente sobre sus caderas y se las acarició; le acarició las nalgas; y empezó a pasarle
un dedo por la raja del culo. Mi marido se movía inquieto, pero nosotras le agarramos la
cabeza y del pelo con fuerza y le hicimos que no parase de comernos. Mi hijo le metió un
dedo por el culo, con fuerza, dos dedos, y le hurgó con ellos. Mi marido se revolvió, pero
no tenía la voluntad ni la fuerza suficientes para revelarse, o quizá tampoco el deseo.
Le sacó los dedos y agarrándole con fuerza del pelo se los metió en la boca para que
los chupara. -Mi madre ya es mi puta. Ahora voy a hacer de ti mi puto. Y agarrándole con
fuerza de las caderas, le violó el culo. El grito que dio mi marido fue espeluznante, mezcla
de dolor, terror y vergüenza. Gritó que por favor parara, que paráramos todos, pero su
hermana, excitadísima le hundió la cabeza en su coño y se lo frotó con fuerza por toda la
cara, mientras me besaba y nos tocábamos, y mi hijo le follaba con violencia. Mi marido
estuvo gritando un rato, hasta casi quedar ronco, y después siguió gimiendo, los ojos
bañados en lágrimas de impotencia, con la cara enterrada en nuestros coños. Mi hijo por
fin se corrió y estuvo un rato dándole fuertes culadas a su padre, hasta dejarle dentro todo
el semen que tenía. Cuando por fin se despegó de él pudimos verle la polla, pegajosa y
húmeda, con manchas de sangre e incluso de heces. Se la puso delante de la cara a su
padre, y éste, totalmente agotado en todos los sentidos, casi como en shock, abrió la boca
y la chupó hasta dejarla limpia.
Mi marido se levantó y tambaleando se fue al baño, donde le oímos vomitar. Nuestra
orgía familiar aún duró un poco más, hasta que agotados, nos quedamos dormidos. La tía
se quedó esa noche con nosotros, y a mi marido le oímos que se iba a dormir al salón.
Capítulo 18
Domingo mediodía
El domingo por la mañana desperté muy tarde y tardé en reconocer dónde estaba. Vi a
mi alrededor a mi hijo y a su tía profundamente dormidos, y me fui a duchar. Desnuda
me preparé un café y fui al estudio para encender el ordenador, quería consultar mi correo
electrónico. La tía apareció en ese momento, dijo que la noche pasada había sido increíble,
pero que tenía que irse, me besó en la boca y se fue. Mi hijo seguía dormido, y mi marido
no estaba en casa. Tenía un correo de mi empresa del viernes anterior. Me daba miedo
abrirlo, auque sabía perfectamente lo que contenía. Un texto muy formal y breve me
comunicaba mi despido irrevocable por falta grave contra la moralidad, aunque
descartaban denunciarme para evitarle a la empresa un escándalo. Bueno, era una buena
excusa para tomarme unas vacaciones antes de buscar un nuevo trabajo. También había
algunos correos de compañeras de trabajo y amigas; las noticias de lo que había pasado
habían corrido como la pólvora e incluso habían llegado comentarios a algunas de mis
amigas más íntimas, que también me habían escrito. Creo que lo más suave que me
llamaban era degenerada. A pasos agigantados mi mundo se había reducido a mi hijo y
yo, nada más, era difícil asimilar que en apenas un par de días todo mi mundo había
desaparecido, tal y como lo conocía.
Mi hijo se levantó por fin cerca de la hora de comer y me pilló en la cocina vestida
únicamente con un delantal preparando la comida. Jugamos un rato entre las cazuelas al
fuego y los alimentos mientras se terminaba de hacer todo; nos besamos, nos tocamos,
nos acariciamos; mi hijo era todo mi mundo, no había nada más allá, y sin importarme
que yo en realidad no era más que una parte pequeña para él, sólo alguien con quien gozar
y disfrutar, pero yo no pedía más, no podía hacerlo. Me sentía extraña en los brazos de
mi hijo, sintiendo sus labios recorrer mi piel, como si como por alguna extraña razón
intuyera el drama que se iba a desatar en tan sólo un rato. Un drama que debería haber
intuido hacía ya mucho tiempo, y que incluso sí sabía que iba a pasar, pero me negaba a
mí misma a aceptarlo, había cerrado los ojos a esa posibilidad, como el ciego que no
quiere ver lo que no desea.
Mi marido llegó de la calle, dijo que había estado paseando, tomando el aire, intentando
encontrar algún sentido a lo que estaba pasando. Su aspecto era lúgubre, totalmente
corroído por los remordimientos, la culpa y la vergüenza. Pusimos la mesa y servimos la
comida. Comíamos en la mesa grande del salón, quizá demasiado grande para sólo tres
personas, pero había mucha más luz gracias a las grandes ventanas del salón y era mucho
más cómodo poder tener todo en la misma mesa. Sin saber por qué, había puesto la vajilla
que guardaba para las grandes ocasiones, como si ese día celebráramos algo especial,
unos platos blancos con bordes dorados y copas también con bordes dorados, los cubiertos
eran de plata, y había preparado un auténtico banquete, acorde con la vajilla. El ambiente
era extraño, algo flotaba en el ambiente que costaba identificar.
Me quité el delantal y desnuda serví la comida y me senté a la mesa; mi marido me
miraba sin saber qué decir. Mi hijo apareció también desnudo, se sirvió una cerveza y se
sentó con nosotros. Mi hijo era el único que parecía comer con gusto y hambre, el único
que parecía que necesitaba recuperar toda la energía derrochada la noche anterior. Había
estado bebiendo cerveza desde que entrara en la cocina y parecía que se le empezaba a
subir a la cabeza, hablaba mucho, y su dicción cada vez era menos clara y comprensible.
Cada trago de cerveza aumentaba su deseo hacia mí; me miraba con lujuria en los ojos,
la salsa y la grasa chorreando de su boca. Estaba comiendo como un cerdo, pero era muy
consciente de su comportamiento, lo que quería era provocar. Estaba sentado frente a mí,
casi sin hacer caso a su padre, su mirada concentrada en mí, en mi cuerpo. Mi marido le
miraba en silencio, comiendo lentamente, casi sin hacer ruido, y me era imposible
descifrar su mirada, ¿odio, vergüenza, desprecio? Mi hijo le hizo un comentario sobre la
noche anterior, preguntándole mordaz si le había gustado que le abrieran el culo; se echó
a reír y sin esperar una respuesta se levantó y se sentó a mi lado, me besó y acarició mis
pechos. Cogió trozos de comida de mi plato con los dedos y los llevó a mi boca,
pasándolos por mis labios antes de introducirlos suavemente en mi boca. Apoyé las manos
en la mesa y me dejé alimentar por él, comiendo directamente de sus dedos, mojaba los
dedos grasientos en la copa de vino y me la daba a beber. Poco a poco empezó a pasar los
trozos de comida por mi cuerpo antes de meterlos en mi boca; los pasaba por mis tetas,
frotándolos por mi piel, por mis pezones, y me los metía en la boca, y los tragaba con
deleite, cada vez más excitada. Mojaba sus manos en la salsa y las pasaba por mi piel, por
mi vientre, por mis brazos, por mis tetas, por mis muslos, embadurnándome de grasa.
Cogía trocitos de comida y los frotaba en mi coño, los introducía, y luego me los daba a
comer. Mi marido nos miraba en silencio, durante un momento nuestras miradas se
cruzaron, y aparté la vista incómoda, pero vi sobre todo cómo miraba a nuestro hijo, y lo
que vi me aterró, pero la lujuria de mi hijo y sus juegos captaban toda mi atención.
Acaricié a mi hijo y noté su polla dura y erecta, le besé y todo se apagó a nuestro
alrededor, como si el mundo se hubiera apagado y sólo hubiera luz entre nosotros dos. Se
levantó y me cogió de los brazos y antes de que pudiera entender lo que estaba pasando,
me tumbó sobre la mesa, entre los platos, vasos, jarras y bandejas, se subió a la mesa
conmigo, se tumbó sobre mí y me penetró. Nos pusimos a follar allí mismo, delante de
mi marido, entre toda la comida y la bebida derramada, entre platos y vasos que caían al
suelo y se hacían mil pedazos. Empecé a gritar sin poder controlar mi cuerpo ni mis
instintos, me encontraba en tal estado de lujuria y excitación que me había olvidado por
completo de mi marido, que no se había movido de su silla y nos contemplaba sin decir
ni una sola palabra, mientras nuestro hijo cogía la comida de su plato y me la restregaba
por todo el cuerpo. Su polla siempre dentro de mí, cogió una copa con vino que no había
caído y bebió sin tragar el contenido, e inclinándose sobre mí echó el vino de su boca
directamente a la mía, bebí ese vino y me supo a gloria. Algo se había desatado dentro de
mí, y empecé a tener un orgasmo detrás de otro; no podía más de placer, gritaba y chillaba
y mi hijo me insultaba y me llamaba las cosas más terribles sin dejar de follarme a lo
bestia, como un animal salvaje, volcó toda la comida y bebida que alcanzó con las manos
sobre mí, la mesa crujía bajo nuestro peso, y yo seguí inundándome de fluidos. Comida
salpicó la cara de mi marido, que seguía observándonos en el más inquietante silencio,
sin hacer caso a los restos de comida que resbalaban por su cara dejando regueros de
grasa. Mi hijo se corrió, arqueando la espalda y aullando como un lobo, expulsando más
semen que en toda su vida, pero no paró, siguió follándome, dándome tan fuerte que me
dolía todo el cuerpo, mis piernas enroscadas casi hasta su cintura y presionándole para
sentirle lo más dentro de mí posible, mis uñas clavadas en su espalda, sintiendo la sangre
fluir de las heridas. Tras la eyaculación su polla no perdió ni un ápice de fuerza, y siguió
follándome con la misma intensidad hasta lograr un segundo orgasmo, mientras mi
cuerpo se derretía y me sentía un océano de semen y fluidos.
Con el segundo orgasmo mi hijo se irguió, sus manos apoyadas en mis irritados pechos,
rojos de tanta fricción, sudando a chorros, y jadeando, dándome los últimos empujones
para sacar de sus entrañas hasta la última gota de semen.
Y entonces llegó el relámpago, un brillo pasó por encima de mí, tan rápido que no pude
distinguirlo. El sudor de mi hijo había caído sobre mi cara cegado mis ojos, cuando mi
vista se aclaró no entendí lo que vi, no parecía real. Mi hijo seguía erguido sobre mí, con
su polla aún dentro de mi coño, las manos apoyadas en los muslos y la espalda recta, y
algo sobresalía de su pecho. La incomprensión se volvió horror cuando me di cuenta de
que era el mango de un cuchillo lo que asomaba de su pecho, y casi a continuación una
gota roja brotó de la herida y resbaló por su pecho, por su vientre, hasta perderse en el
bello de su pubis. La cara de mi hijo era también de incomprensión, de extrañeza, el shock
le impedía notar dolor alguno, y mirándose el mango del cuchillo asomando de su pecho
se salió de mí, su polla aún erecta y húmeda, se cogió el cuchillo con una mano y tiró de
él. Al sacarlo un chorro de sangre me salpicó entera y antes de recuperarme de la sorpresa
y el horror mi hijo saltó por encima de mí hacia su padre, con el cuchillo en la mano; cerré
los ojos y oí un grito ahogado.
Tardé mucho rato en abrir los ojos, y cuando por fin me atreví a hacerlo, hacía rato que
todo estaba en silencio. Me incorporé lentamente y bajé de la mesa, sin saber que me
esperaba. No se escuchaba ni un sonido, los únicos eran los producidos por mi respiración
y por mis pies descalzos sobre el suelo. Avancé lentamente hasta donde había estado
sentado mi marido, y al que ya no veía; en realidad no veía a ninguno de los dos. Por fin
me atreví a mirar, y allí estaban los dos, tirados en el suelo uno sobre el otro, sangre aún
fluyendo del pecho de mi hijo y de una gran herida en el cuello de mi marido, producidas
ambas por el mismo cuchillo. Me quedé mirándoles, como hipnotizada, viendo la sangre
que empapaba el suelo, y las caras de mi marido y mi hijo; estaban en paz, parecían
serenas, como si por fin hubieran encontrado la calma que buscaban, y me pregunté si
aquello no sería lo mejor que podía haber pasado para acabar con toda aquella locura.
Una locura para terminar con otra aún mayor. Contemplé el caos de la habitación, todos
los objetos que llenaban la mesa tirados sobre ella y esparcidos por el suelo, todo
manchado y mojado de restos de comida y bebida, un gran charco de sangre que se
extendía lentamente debajo de los cuerpos de mi hijo y mi marido. Todo era una imagen
dantesca.
Lentamente me dirigí al baño, me duché y fui a mi habitación para vestirme. Cogí una
maleta y la llené con toda la ropa que pude, y cualquier cosa que pudiera necesitar. Cogí
el bolso y lo llené hasta arriba, incluido mi pasaporte. Ya nada me ataba a esta casa, ni a
esta ciudad. No tenía nada, ni familia ni trabajo ni amigos, todo se había evaporado en
apenas unos días. Pero no me sentía triste, ni arrepentida, ni avergonzada, sólo quería
empezar de cero, mudarme de ciudad, quizá de país y comenzar una nueva vida, lejos de
todo, y olvidarme de los últimos meses y en especial de los últimos días. Me puse el
abrigo, cogí la maleta y el bolso y me dirigí a la puerta. Eché una última mirada a mi
familia, a sus cuerpos, a la sangre; una lágrima resbaló por mi mejilla. Me despedí en
silencio de ellos, abrí la puerta y me fui.
(fin)





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